LA OSCURIDAD

Es cierto  que de  la noche fluyen singulares frecuencias que subyugan mi entendimiento y  en esa agitación de emociones pienso que,  uno de los pocos misterios por resolver sería discernir el por qué mi corazón no podrá olvidarte.
Regalad una sonrisa. Recordad al mundo como se sueña. 
No quiero volver a ti, ni que vuelvas a mi, esa premisa ya está aceptada. Quiero sentir lo que sentía cuando te tenía.

Las mentes más proliferas y menos tradicionales  son más asequibles  al desaliento y a ciertos desordenes de ideas. Entonces acuden en mi ayuda algunos nombres, entre los que vislumbro a  Edgar Allan Poe, Paul Verlaine, Manly P. Hall, Arthur Rimbaud, y algún otro, de los llamados poetas malditos, todos ellos poseedores de una psique ávida  y afanosa, merecedora de la condición de hijos de la noche.
Esta noche saco a pasear mis emociones, escondidas del sol tras la muralla de la normalidad que late emblemática en toda vida,  y que recoge el legado de las culturas que me han influido; aunque queden rincones en los que el tiempo parece haberse detenido dejándome contemplar la asombrosa decoración de mis sueños, para ti. Un prodigio de delicadeza y fantasía. Aún puedo palpar el hechizo del escenario, porque lo he llenado de leyenda, una leyenda que custodia en su seno toda la magia y la poesía de tu ser. Soy consciente de que estoy en la sombra de la realidad, lo que llamamos oscuridad de la noche, donde  lejos y cerca son una misma sinfonía, ¿alguien se atrevería a asegurarme que  aquí, no existes?
Ando en estas horas brujas, sumida en la luna, atenta al viento y espectadora de las estrellas. Avanzo y avanzo entre las páginas, jugando con pasos lentos e inquietos. Un poco de luz, un poco de sombra y de pronto había creado una historia. Pero qué lejos te encontrabas y que despacio se acortaba la distancia entre nosotros.  
Desde aquí tengo  fácil acceso a ese rincón del alma donde guardo la pena que  dejo tu adiós. Ese lugar  dónde se aburre aquel poema que el amor sugirió; dónde  faltan  tú presencia, tu cara, y esas palabras que se llevó el tiempo. Aunque también guardo  todos los te quiero que no te he dicho, los besos que no te he dado  y  los fracasos que la vida me ofreció. Estoy  empezando a entender  que en el devenir de la existencia unas veces se gana  y otras veces se aprende, y por momentos me asalta la idea de condenar al silencio todo el dolor, buscar consuelo para el espíritu, y reencontrar la chispa que enciende la imaginación. Parece imposible, pero tampoco esta noche escucharé tu voz.
Para cuando te hablen de amor y te ofrezcan un mundo  y el cielo entero; entonces acuérdate de mí, pero como dice Chavela, no me menciones, porque vas a sentir amor del bueno. Y si quieren saber de tu vida, no les cuentes ninguna mentira, di que vienes en un mundo exquisito en las formas,  las cuales predominan sobre las emociones; que no entiendes de amor, y que nunca has amado.

Parece claro que  en lo más profundo de mi persona no se han solventado,  todavía, alguno de los abandonos a mi fantasía. Quiero seguir hacia adelante en ese estado de ensueño que separa la ilusión de la realidad  y aunque en ocasiones consigo discurrir en ese limbo, las circunstancias se imponen y a la imaginación se lo pones difícil. Al mundo le hablaré de tu amor, como  de un sueño majestuoso. No diré que tu adiós me volvió indolente. Contaré que no sé del dolor, que triunfe en el amor y que poco he llorado.

El abandono de los que te quieren infinito y te dejan, no le he superado. El olvido de los que te dejan porque nunca te han querido, ese, solamente lo he podido arrinconar. Pero no os equivoquéis, estoy dando gracias constantemente a la tan manida Ley de Vida,  tengo buen aspecto y una existencia normal.
El reflejo del sol se cuela entre el verde espesor de   los árboles e ilumina un ángulo de tu cara, un ángulo dulce; mientras, sigo conduciendo por la tortuosa carretera que nos lleva a casa. Corre  septiembre de mil novecientos noventa  ¿O será   febrero de dos mil quince? No lo sé. Sólo sé que te sigo llevando a mi lado,  que Mari la mer nos acompaña, que  a  tus pies las algas tiemblan de luz; y  que al sonreír, en  tu mirar, de nuevo,  amanece el sol.

Deseo que tu mano me guíe cuando esté en la oscuridad y no sé de  dónde surge el poder, si de la sangre o del destino. Lo seguro es que ahí está, y mueve mis dedos en busca de  paz para el corazón.




Deseo que tu mano me guíe, cuando esté en la oscuridad. Foto de José Ramón Viejo Saez

  

MOMENTOS EN LA VIDA

Según he oído decir, lo que una vez disfrutamos, nunca lo perderemos. Todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros mismos.
Dónde quiera que tu estés,
estará parte de mi corazón.

Mi madre, era en el buen sentido de la palabra, Buena. Siempre sonreía despacio y conservaba la calma ante las dificultades.
Parece que me vaya a pasar de sentimental, pero Anita ya no está. Ya no está  físicamente viva y eso resulta difícil de asumir, porque he  tenido  la imprecisa idea de que nunca se iría de mi lado.  Y es que la madre de uno no es fea, ni guapa. Ni gorda,  ni delgada. Ni alta, ni baja. La madre de uno es, sencillamente perfecta.
No quiero que se convierta en una mera imagen que ronda los recuerdos de aquellos que alguna vez la conocimos. Temo olvidar su olor, su cara, o no recordar el sonido de su voz, y  lucho por mantener esa sensación de calidez  y bienestar con la que me envolvía.
Donde ella estaba, estaba mi casa.

Todavía  la veo acurrucada en aquella cama, escoltada por Santa Gemma y la Virgen Gitana, con la luz del sol parpadeando a través de los cristales e iluminando su silueta. La última vez que me miró, me  regaló el esbozo de un beso y  paz de espíritu para toda la eternidad,  por eso deseo creer que  quienes habitan en nuestra memoria jamás estarán realmente muertos.   
Defensora a ultranza de la familia, la tolerancia  y la discreción, era la última de once hermanos y veneraba sobre todas las cosas, la memoria de su madre. Amante de la tranquilidad y de la vida sosegada adoraba a sus hermanas, a todas ellas, y derramaba candidez  por cada uno de los poros de su piel. Disfrutaba de la tertulia en la cocina del Baxanco y  de un buen café al calor del hogar.

Fue   una emigrante en el Mieres revoltoso y profundo de los  cincuenta, de donde  volvió a su Loza natal, cargada de buenos amigos y experiencias, en la década de los noventa. Acabó  su vida en la cara más hermosa del Oviedo que se asienta  a los pies del Naranco.
Siempre tuvo un recuerdo  para su marido, mi padre, Eugenio del Río;  pasó de ser esposa abnegada y  madre entregada, a  representar el papel más tierno de su existencia con la llegada al mundo de su nieta, y  entonces, se convirtió en la apacible abuela de Carla. La abuela de Loza.

Anita, el pueblo se durmió esperando a que tu volvieras; las camelias del jardín rompieron a llorar de pena. El cielo se reveló  con toda su fuerza cuando  te fuiste  porque si tú me abrazabas no existía el dolor y si me hablabas yo entraba en razón. Tus ojos serenos eran mi religión. Así que confundida  empecé a pensar, que  a esta vida loca, le gusta medir.
Toda dulzura, murió como vivió, con dulzura.

Los recuerdos  que nos invaden, nos ayudan a llevar la pena de no volver a verte  por el camino, de casa de Nati a tu casa, enfundada en aquel eterno mandil. Y no sé si todos tenemos un destino, o si vivimos flotando  como la bruma, lo  seguro es que, la muerte es parte dela vida y mientras viva te voy a recordar. 
Finalmente fui a tu habitación. Toqué los objetos que conocía como reales, acaricié la manta, pase la mano por el travesaño de la cama, palpe la silla, todo estaba particularmente presente. Todo menos tú.
El testimonio de amor incondicional que pregonaste con tu actitud, deja en mi universo un vacío físico, porque mi espíritu  sigue acompañado por tu presencia. Te hablo, te cuento,  te digo, te lloro y sobre todo, te quiero.
No soplaba aire del sur. La luz gris de un  amanecer normal, de un dieciséis de enero normal, no presagiaba nada tan trascendente. Este, mi ego,  aún soliviantado por las circunstancias de los últimos meses, respiraba tranquilidad. Miro ese día, y no sé exactamente como paso; solo sé,  que desde que pasó, nada volvió a ser lo mismo y tengo tan claro que la grandeza de una persona, como tú, se forma en los instantes cotidianos, como que ciertos pensamientos son plegarias.  Entonces, os digo, que existen momentos  en la vida en los que el alma está de rodillas. De rodillas, rezando por ti, creía vivir en un sueño.
Y esos  momentos  te definen como persona, según como los  encares. Esos minutos pasaran a la posteridad y hablarán de ti al mundo. En esos instantes, precisamente en esos instantes, sabrás quien es importante, quien ya no lo es, quien nunca lo fue, y quien lo será para siempre. Yo, como Dostoievski, creo en la vida eterna. No sé si porque siempre he creído, o porque no te quiero perder.
Y si en alguno de esos segundos  me siento sola, buscaré en el infinito la luz de tu amor, porque  la diferencia de estado no nos separa, simplemente te  hace invisible.
Después de tanto amor, y por haber tenido la suerte de cruzar contigo el corazón de tantos días, me apunto a los sentimientos sinceros. A decir que te quiero. A pensar que siempre estarás conmigo. A soñar lo bueno, y a saber que lo que tengo es lo mejor del mundo, porque  ese es el camino que me has enseñado.

Os agradezco el abrazo a todos vosotros. Vosotros,  que me habéis acompañado de palabra, obra u omisión, siempre estaréis en mis recuerdos como partes de un momento histórico.
La sombra de tu figura es nube en el horizonte, donde la delicadeza prima sobre lo abrupto de la existencia, y tengo la sensación, solo tengo la sensación, de que a partir de ahora, morir,  parecerá algo menos  tortuoso  porque tu esperas al otro lado.

Mamina, donde quiera que tú estés, siempre estará parte de mi corazón. 
Yo, como Dostoievski, creo en la vida eterna. 



EL ÚLTIMO TRAGO


Un turrón  Diego Verdú de la calle Cimadevilla, siete. Un retrato pintado por  Ghirlandaio colgado en la pared. Una copa de cristal de bohemia en el mueble de la abuela. Esta eclosión de belleza en el corazón mismo de las pasiones fugaces ¿no es acaso a lo que todos aspiramos?  Le digo a Muriel que sí.
"Cerré los ojos para poder verte"  Paul Gauguin
Si supieras el espacio vacío que has dejado y que no encuentra la manera de llenarlo. Si supieras que  ella está  perdida y que te sigue recordando igual que siempre. Esa mente resulta, todavía,  un desierto infinito, y tu ausencia la vigila y  la hiere.  Miraba arriba y abajo, las hojas quebradizas se amontonaban junto al seto,  barridas por el viento y volaban rozando el suelo de la calle vacía, pero ella ya no se acordaba  de lo que sentía cuando veía tu cara. Nubes grises pasaban  amenazadoras; ¿tus ojos eran azules o verdes? Sólo recordaba que hacía frío y  le inspirabas el mundo  con esa tu indiferencia sofisticada. Ya ni sabía adónde  habrían ido  a parar aquellas emociones.
Las ráfagas de prepotencia angostaban tu luz y se preguntaba qué si las personas tienen más cosas en común que diferencias, entonces por qué no podía entender cómo, si tú tenías razón, ella, tampoco se equivocaba. 
Parece que con la ayuda de los valores de vida, estás seguro de la verdad de todos tus sentimientos, a los que prestas absoluta creencia sin sentirte nunca turbado por la más mínima duda ¿Nada? ¿No tienes ninguna en absoluto? ¿La república de sus  letras no ha enganchado en ningún punto de tu persona? ¿Los sentimientos, que ella dibuja en  papel, son tan prosaicos, corrientes y  habituales como los que te profesan otras  personas? Desde luego, eres un hombre afortunado.

Y como te iba diciendo, una vez que te has marchado, dueño de toda tu voluntad, ella emprendió el compromiso y  la intrépida tarea de olvidar  tu cara. Cuando parecía llegar al final del camino, una fuerza impía la arrastraba y la hacía prisionera de sus propias sutilezas. A base de darles vueltas, llegó a conclusiones, que no solo era incapaz de rebatir, sino que además iban en contra de sus principios. Definitivamente estaba desatinada en esta historia.
Pues así seguimos algunos de  los desterrados hijos de Eva, pasando ratos con sentimientos de una sola dirección. No obstante, la primera vez que te vio había percibido  que el poder y el impulso de tu persona serían indómitos y  difíciles de llevar.  En definitiva somos aquello en lo que nos convertimos, aunque no nos reconozcamos. Y ella se había convertido en algo patético, siempre esperándote.
Estas tonterías llevan malamente a cosas serias. Y si arrepentida  se hubiera desdicho de lo que escribió enfadada, le hubiese reportado amargas consecuencias. Las mismas que no habiéndose arrepentido; o sea, tu indiferencia. Siempre se debe de poner cuidado en nuestras palabras por si en alguna ocasión nos las tenemos que tragar.

Te habías esfumado como si nunca hubieras existido, y entonces aquel silencio de emociones reverberaba como algo con vida propia.

Pero antes de irte, juega otro poco a este juego de estar y no estar; de ver y no ser visto. O lloremos juntos cantando el,  tómate otra botella conmigo, en el último trago nos vamos.
Ya percibía a  que sabía tu olvido, sin poner los ojos en tus manos pero esta vez  no iba a rogarte, esta vez  te irías de  veras. Ella creía vivir algo tan peculiar como un tesoro, y a ti te sobraban los cuentos de princesas.
Que difícil  tener que olvidarte, sin sentir que ya no te quiera.  La verdad, hueles a delicia engañosa como la  religión, levantando civilizaciones para luego destruirlas. 
Nada le habían enseñado los años, siempre caía en los mismos errores; otra vez a brindar con extraños y a suspirar por los mismos amores.
La manifestación de la belleza en el corazón mismo de las pasiones momentáneas ¿no es esto lo que nosotros, las civilizaciones occidentales, no sabemos alcanzar? Insisto y le digo a Muriel, que sí.

Cuidado con lo que deseas, algún día podrías conseguirlo.
"Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar,
 indefectiblemente te encontrarás a ti mismo"
Pablo Neruda.






VERR VOLVER

Posiblemente tuviera dudas acerca de lo atinado de contar  historias, pero era y siempre había sido para ella, ver volver.
El alma que hablar puede con los ojos,
también puede besar con la mirada, Bécquer. La foto de CARLA PASTOR


Algunas personas caminaban deprisa, alguien en algún lugar, reía; dejó que su mente vagara, pensaba en la última vez que estuvo con aquel muchacho, el día que supo que se iría y jamás regresaría.
Le imploró, por lealtad hacia el pasado,  que fuera prudente en los comentarios. Alegó, que ya que él no le inspiraba ese sentimiento imperecedero, no se lo contara al mundo. Y  ella, casi lo hizo. Casi.
Sensaciones resurgían con una claridad que la dejaban asombrada, con tanta nitidez como si el tiempo no hubiera pasado. Tras los primeros y tímidos recuerdos siguieron conversaciones enteras, palabra por palabra, con sus más mínimos matices.

Lo quería, de eso no cabía duda, pero no podía vivir allí. Era un pueblo con mar, maravilloso sitio sin pretensiones. Y aunque la cultura cada vez habitaba más en todos lados,  en los ochenta  la cuestión no estaba  tan clara, habida cuenta que  el dinero escaseaba, las ideas eran un hervidero, y la juventud les rebosaba hasta del intelecto, sobre todo por  el intelecto. Se paró a esperar.
Además su padre le pedía que no dejase de viajar, que viera el mundo. Le sugirió que leyera un poco todos los días, que reflexionara sobre lo que había leído y sobre todo,  lo que había sentido.  Cada vez que llegara a un lugar desconocido, averiguaría su historia y el cómo se había trasformado en lo que ahora era.
Pensaba que allí, tan alejada del mundanal ruido, la tarea sería difícil  y  le faltarían alicientes. El cine, el teatro, la moda, y la vida social serían escasos y asfixiantes. Entrañable, genuino, mágico, pero  aislado. Por Dios, no sabía lo que quería.
Se le erizaba la piel recordando la época  que pasó deliberando si lo dejaría todo por él. No habría sido una mala decisión, al menos no parecía totalmente descabellada. De hecho en esos días de incertidumbre, de no saber dónde quería ubicar el alma, el ir a vivir a su lado  parecía  una opción tan válida como el no hacerlo. Además por aquel entonces los sutiles matices que intervenían en la atracción entre un hombre y una mujer eran algo próximo, fácil de vivir, normal y captable  para ambos.

Resultaba seductor. Despertaría los días de invierno escuchando rugir el mar. Le gustaba imaginar su cara, entre  las mantas cálidas y  revueltas, con aquellos dulces ojitos azules mirándola cada mañana. Le enternecía imaginarse rodeada de niños con los mismos ojos chispeantes. Pero ella era un gusto adquirido, y a pesar de que sus raíces estuvieran plantadas en el mismo suelo, la inquietud  del mundo ya había entrado en su universo y le había dejado una impronta difícil de sortear.
Pensó en ignorar todas las huellas menos la de él; pensó en obviar las diferencias; barajó hacerse a la mar en aquella aventura. Aunque no debía de ser el tiempo, porque faltaban años de comunicaciones, de experiencias, de compras a la carta, de calefacción central,  de jornadas de teatro en el Infanta Isabel  con aquel Los ochenta son nuestros escrita por Ana Diosdado   y estrenada un diez de enero con música de Teddy Bautista.

Y es que para acceder a aquel, su lugar paradisíaco, debía de peregrinar casi tres horas por carreteras  enroscadas  entre  montañas,  y no podía evitar  las comparaciones cuando, llegando  a la calle Barquillo, muy cerca de Gran Vía y  avistando el teatro, le habían entrado intenciones de profundizar en la vida del tal José Espeliús, un arquitecto que supo armonizar elementos modernistas con  neomudéjares  y,  a pesar de que a ella nunca le gustaría nada que atentase contra la vida animal, la había impresionado con la Plaza de Toros de las Ventas.
Creía que no debía de negarse estas facetas de la vida. Ni  aquellos  fines de semana que se escapaba a  París. Ni escuchar una misa góspel. No, definitivamente, no era su momento. Y aunque la música que él le susurraba  paseando por el Campo de la Atalaya adormecía los sentidos, su corazón no atinó a decidirse.
Sin consultarse, pusieron los  zapatos primero, después los abrigos y  bajaron. Aquel número tres quedó oscuro y sombrío a sus espaldas, custodiando un  montón de inquietudes de los jóvenes  y con el abuelo sentado en la penumbra del salón.  No pensaron. Salieron juntos y se dejaron envolver por el aire frío de la noche. Pararon frente al acantilado sintiéndose más amantes que nunca, más unidos que jamás. El chico tenía  los ojos cerrados y agarró su mano. No podía entender  porque  se iba.
 En ese momento, tampoco ella lo sabía.
Los problemas no se resolvían gracias a un conjunto de coincidencias, aquel  no. Los problemas se resolvían tomando decisiones. La una lo intuía y él  otro había creído que ella era una doctrinaria. Pero ambos llevaban razón. Decidir no cambiar nada, también era una decisión. Ahora lo habían entendido.

El paso de los años los colocó en lugares diferentes del planeta  pero siempre compartieron un trozo  mudo de corazón.
Nunca, hasta hoy, se habían vuelto a encontrar.


Cuando vuelvo los ojos, amor, ¿qué quieres? si no quieres nada,
Y la sombra de mi figura queda  asida a tu presencia,
Contemplando
Como un rictus de soledad, rompe en la sonrisa que, brota de tu corazón.
Jose Fernández  INBQ





AMORES FANTASMAS

Como decía Cortázar, pobre del amor que del pensamiento se alimenta, y sucedió que te había
Que una imagen trasmita a la vez ingenuidad y belleza
es un efecto  que me cautiva sobre manera . Foto de Nacho Aguado
buscado en un millón de amaneceres y lo que podía parecer un atrevimiento era puro sentimiento. Por ello desde que la habías dejado, no sabía si era peor el amor irreal que había perdido; el amigo ficticio con el que no volvería  a charlar; la angustia del abandono, o las ganas de arrancarte la cabeza.
Pero claro, era imprescindible que hicieras tu voluntad y respetaras tu sentir, amado príncipe. Ella había evolucionado de imputada a inculpada y ahora las circunstancias la obligaban a cerrar aquella puerta. Pensó que era un buen momento,  habías hablado para dejarla sola con sus palabras, por fin se había hecho realidad, tanto darle vueltas a tus silencios los había convertido en ídolos de barro. A ella que se creía tan especial, tan diferente y  tan sensible, la habías dejado.
Y si se paraba a pensar, la vida estaba plagada de despedidas. Algunas de gente que te quiere y se va para siempre; otras de gente que se va de tu lado porque no te quiere lo suficiente. Unas las haces y otras te las hacen, corroborando que,  lo único seguro es el cambio.

Coleccionaba  momentos y recordaba más tus silencios que tus ruidos por eso sabía que era engañarse, seleccionar de forma sesgada la realidad. El  hecho de que te hubieses manifestado, para no decir nada más que lo que ya estaba claro, supuso un desencanto en su fantasía y a los cuatro años exactos, tú, descendiste a los infiernos.
Perdiste todo el glamur y toda la categoría para convertirte en un vulgar hombre rico, engreído, falto de educación, con una comprensión selectiva y escarchada. Pobre hombre rico, que lejos quedas de aquel ensueño  en el que te habían colocado. Podría decirse que hasta das pena. Pareces, despojado de su entelequia, físicamente exiguo, tan poquita cosa, tan aburrido, tan predecible y sórdido que no serás nada sin esa pátina de embrujo.

Enfangado en realidad, ahí te quedas,  putrefacto de prepotencia y destilando estupidez. Un personaje de semejante catadura no estaba a la altura de sensibilidades como la suya. Que Dios se apiadase de tus restos y con esto quedaba cerrado el ciclo litúrgico  y monocromático de una devoción.
Has sido un paréntesis mágico que le puso el corazón al borde del alma y ella había venido, de pronto, a fecundar tu tiempo. Y aunque afuera el mundo rugiera o se adormeciese; los hombres viviesen o muriesen; unos amores pereciesen, naciesen otros, aun así, estamos todos imbuidos en ese ruido que agita la existencia humana, por eso, debes de tener claro que como ella te ha querido, desengáñate, así no te querrán.
Se agitaba ante tu imagen bloqueando su comunicación mientras una vanidad ilusoria, una sed de dominación y unas irrefrenables ganas de hacerte tragar tus sentimientos pueriles, la acongojaban. El oprobio y la necesidad de verte mendigar amistad la movían por un instante y no dejaba de sentir que eso pertenecía a su lado oscuro.

La elegancia de las palabras y el embrujo que la corroe contra la triste indiferencia y  los juegos de adultos a los que juegas con cartas marcadas de poder y dinero.

Estos días necesitaba desesperadamente el arte. Aspiraba con ardor a recuperar la ilusión espiritual, deseaba con pasión que algo la salvase de los destinos biológicos, de la vejez, del desamor, del aburrimiento y de la rutina por eso se aferraba a la poesía de este mundo, a la literatura del día a día y no quería olvidar que en el universo todo es compensación por los siglos de los siglos.


Pensaba en el sonido del  mar rugiendo; en el sabor de una buena taza de té  mientras el viento, afuera, balanceaba las hojas de los árboles. Pensaba en el destino de los hombres, en el tranquilo suceder de los días y en su corazón sereno. Además, como decía el mariscal Kutuzov, en Guerra y Paz, todo llega cuando tiene que llegar para quien sabe esperar.
Besos que vienen riendo, luego llorando se van, y en ellos se va la vida, que nunca más volverá. Unamuno

JOSE FERNÁNDEZ INBQ

ARACNE
      Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco
                                                                                                                     Eurípides.

En aquella esquina, sin luz, en penumbra, antes de la plegaria
Que el alba pespunta  en los rizos del sueño, al amanecer, la boca
Del  peligro abre los ojos, pájaros de cristal, en la tela de araña:
Es  un fantasma en el rastro del  poema  que teje la soledad.
Camina sin huellas, en el filo de los  besos, con la esperanza,
Partera del dolor, de compañera, inútil calcetín para la mano
Desnuda que camina inocente en busca del bocado feroz.

Trenzada en color, el alma del tapiz es la escuela  donde el dolor
Es la esquina de la muerte. Al acecho, rauda de voluntad, en vilo
El tejer la carne de la prisión, cada golpe del  querer  es huida sin razón,
Necedad y locura del amor siempre tu, extraño inconsciente inocente
Apenas manchado tardíamente expresado siempre aprendido nunca
En el siempre vivido: nunca tarde por ser verdadero, más allá
De la edad asignado: el amor existe si alguien te apuñala por la noche
En los sueños revueltos  por el  hybris, sementera del corazón. 
Demente, más oscuro que todo el ser sin estrellas, en lejanía
Más cercana que mi propio ser,  Aracne, fue eterna tu huida, 
Una prioridad, la necesidad  prisionera en lucha por tu libertad.

 
MIERES ¿ A dónde el camino irá?




PARÍS HABLA DE TI

La primera vez que vio  París  tenía uso de razón  pero usaba poco la razón. Era esa época, importante en toda vida, en la que uno se rige por los dictados del corazón.
Las nuevas generaciones tejen con lenguaje melodioso,
 un cautivador himno a la vida.Foto de Ana Platero
El color tibio del amanecer acariciaba las calles cuando puso el pie en tierra gala y a pesar del aturdimiento producido por mil horas en autobús, supo al instante que estaba presenciando algo verdaderamente bello. Cada una de las pinceladas que componían aquel cuadro parecían sencillas y a la vez únicas. Resultaba como tener al alcance de la mano al amor platónico, donde la primera punzada es una mezcla de expectación, desconcierto y  a la vez una iluminación.
A la puerta de una habitación de hotel en Montparnasse sentía que el mundo era suyo, por ende, París le pertenecía. Y sin saber bien el motivo,  tomó nota de sus pensamientos. La portada del  libro, en editorial de bolsillo, donde garabateó, dibujaba entre sombras la silueta de un hombre pescando un enorme pez.
La tía de una de sus compañeras de viaje era ama de llaves en la mansión de unos  judíos ricos y bastante ostentosos, que tenían la grifería de la casa en oro macizo. Aquella visión;  pasear por la ciudad; conocer la calle de la moda; una fiesta con anfitriona  francesa y sus diecisiete añitos hicieron de París un paraíso.
En sucesivas ocasiones se presentó en la metrópoli como espectadora incauta, consumidora de lo insólito y enamorada de lo diferente. Cada vez que  la recorría, cada vez, despertaba  en ella una nueva vibración y  de la nada, nacía un amor.
Allí precisamente palpaba la libertad y las infinitas posibilidades de la vida. Gracias a ese  derecho a soñar, al ocio previo a la creación y a otros tantos pensamientos estimulantes, el encanto de  la ciudad parecía perpetuarse.
No quería que sus notas sugirieran una evocación nostálgica de juventud, eran por el contrario una invocación hechizante, un esfuerzo consciente para retornar a aquellos días en los que la fuerza de sentir, la energía y la lucidez fluían fácilmente ante un Paris único, adorable, íntimo e  inspirador.
A través de una luz gris y suave  que matizaba los destellos de la lluvia recién caída, se dejaba llevar. Los pies bajaron por  Trocadero, y dejando la Torre Eiffel a su espalda, se movieron entre el cosmopolitismo selecto del distrito siete, su preferido. Rue de Grenelle, pensando, pensando, absorbiendo olores, fijando sonidos, disfrutando de las fisonomías,  y de repente…apareciste.
Sentado en la terracita de un café  desprendías, de tus ojos azules, un aire de seguridad propio de caballero andante y enfundado en un informal pero aristocrático envoltorio llamaste su atención. Seguía caminando mientras te miraba sabiendo que el  paisaje se completaba. Fue también consciente de que aparecerías en todas sus bienaventuranzas.
Nadie se confunda, nadie se crea que esta urbe es pura fachada y que el resto lo dibuja la imaginación. Nada de eso. Este ambiente tiene alma, también tiene alma. Posee un espectro errante y aventurero, empático, lleno de humanidad, cruel  e imperecedero.  Ostenta además una parte amoral y decadente; un punto desequilibrado en una búsqueda sinfín hacia la nada. Ella no estaba interesada en esa parte. No le gustaba el lado oscuro pero entendía que fuera necesario para entrever la realidad.
 En  medio de aquel frenesí, o quizás a causa de aquel frenesí, tenía la certeza de que cuando describía lo que sentía por aquella ciudad y por ti, imaginaba el lugar, la luz del entorno, la sensación que le producíais y sabía que, una vez finalizado el boceto, aunque nunca más os volviera a ver, aunque nunca más os volviera a escuchar, le perteneceríais para siempre.
Y aunque no encontremos, buscaremos el camino, para que nunca nos falten las ganas de soñar.