DÉJAME QUE TE CUENTE

Resulta interesante leer lo que pensaba una jovencita de veinte años a principios de la década de los ochenta, porque los jóvenes de cada generación son los memorables creadores de imperios de sentimientos y emociones, además, tienden a ser siempre los mismos románticos y excéntricos cuya apertura a lo irracional  -las emociones, el misticismo, el éxtasis- los convierte en unos inadaptados en sus propias sociedades.



Todavía tengo veinte años.
1983. Todavía  tengo veinte años, mi pelo es rojizo y mi cara está cubierta de pecas, muchas pecas. Soy deportista de competición y me siento atleta hasta en lo más profundo de mi espíritu. Dice mi entrenador que los atletas tenemos amigos en todo el mundo y aunque yo tengo pocos amigos estos son buenos, pero conozco a mucha gente; me gusta la gente.

Estudio lo justo para aprobar porque solo voy a la facultad cuando acabo el entrenamiento y tengo claro que la única herencia que me van a dejar mis padres va a ser una buena formación, eso sí, me han enseñado a ser buena gente y a ser agradecida. Procuro no hacer a nadie lo que no quiero que me hagan a mí, pero a veces me cuesta.

Estoy segura de que la energía de la pasión mueve el mundo, pasión por lo que sea, por el arte, por la danza, por el amor, por el deporte, por los libros. Hace un par de años dudé entre dedicar mi vida a la literatura o al deporte y de momento me he decidido por correr.

Tengo buena afinidad con los que me rodean y a pesar de no ser excesivamente guapa, soy resultona (eso dice mi amiga) además de muy coqueta, y siempre tengo algún pretendiente que, dicho sea de paso, no me suele interesar mucho pero me halaga. A día de hoy un chico que no haga atletismo, que corra como un pato o que no sea bueno sobre el tartán, no me interesa, es decir, ni lo veo.

Viene a cuento decir que mi padre me educó como a un chico de la época y solo me exigía estudiar, viajar y hacer deporte. Creo que ya os he dicho que soy amiga de mis amigos y procuro no fallarles nunca, será por eso que tengo pocos. Parece que me gusta ser el centro de atención de algunas reuniones y admiro la inteligencia. Soy simpática pero a veces demasiado trasparente, otras veces soy capaz de callarme a tiempo. Reboso generosidad en las cosas materiales (eso es cosa de mi madre) y le concedo poca importancia al dinero, por el contrario soy muy posesiva con las emociones. No me gusta estar donde no se me aprecia e intento ser tolerante con los débiles. Defiendo a los que son injustamente tratados en mi presencia, sin embargo en otras ocasiones me callo o soy yo la injusta.

Adoro a los perros y aunque soy Antoñita la fantástica cuando tengo que poner los pies en el suelo resuelvo problemas y soy eficaz buscando soluciones. También dice mi padre que mi independencia, en los tiempos que corren, pasará siempre por tener independencia económica, así que peleo por las cosas que quiero y soy consciente de que me tendré que buscar la vida  pero nunca negociaré mi libertad con nadie, mi vida es mía.

Hace un par de años me enamoré de forma platónica (soy muy sensible al amor y a la fama) de un personaje popular y hace pocas horas el escenario cambió  por eso creo que es buen momento para trascribir íntegramente lo que como joven enamorada garabateé en una libreta con el objetivo de deshacerme de mi angustia amorosa.

Febrero de 1983: Quiero vivir, que no me ate el futuro ni las conveniencias, ni la asquerosa moral de la decrepita sociedad porque mi conciencia es la mejor moral. Quiero sentirme segura, respirar libertad, dedicarle mi vida al cielo, al infinito y a las estrellas, a la locura y también lo quiero a él, por nada que yo sepa, es lo contrario a lo que me gusta en muchas cosas y sin embargo tiene un toque que me envuelve, me obnubila la mente y me magnetiza.

Parece que ella nunca había mostrado ningún interés por las cuestiones ideológicas, aunque como estudiante se alejaba del conservadurismo y aunque se sentía algo insegura en un entorno altamente politizado se hallaba como pez en el agua en un entorno altamente intelectualizado.

Y hasta aquí podemos contarte hoy. No está claro si nos interesará el camino de aquella jovencita de los ochenta pero si que tenemos claro que la vida es una rueda con historias que se repiten y se repiten, y de pronto siendo todas iguales, todas son diferentes.

Adoro a los perros y admiro la inteligencia.


                                                                           ANA GARCÍA DE LOZA


MAESTROS

 

Decidme que sí, que alguna vez habéis sentido que todo cambia y que estáis perdidos en vuestro entorno; que es mentira, que realmente no controláis nada ni a nadie y que lo mejor es dejarse llevar. A veces nos pasa.

Que conexiones extrañas tendrán lugar
en mi cerebro.

Otras veces, decidme que sí, vuestra memoria juega con vosotros y os ocurre como a mí el otro día: Salgo de mi despacho con uno de mis compañeros y veo acercarse una silueta, recortada contra el cielo azul de mi querido Colegio, una silueta grande y llamativa con mascarilla y lógicamente sólo con sus ojos a la vista; se acerca a nosotros y nos dice:-¡Hola! ¿Me conocéis?

Que conexiones extrañas tendrán lugar en mi cerebro que mirando aquellos ojos durante una décima de segundo, dije:-Tomás Trabadelo-Todos nos quedamos quietos e incluso asustados, y yo, atónita. El exalumno continuó diciéndonos que tenía cuarenta y ocho años y que lo habíamos visto por última vez hacía la friolera de treinta años y, además,  era padre de una niña que actualmente pertenece a nuestra comunidad educativa.

Esa noche cuando se apagaron las luces de mi cabeza, me preguntaba de donde me habría llegado el chispazo para dar con el nombre exacto del muchacho, pero tampoco hay que darle mayor importancia porque cosas de ese calibre me ocurren a veces.

Mi hija me dice que no, pero a veces siento que he vivido tantas cosas, he sentido tantas emociones, me enamorado de tantas situaciones, he admirado a tantas personas, que eso significa, de forma definitiva, que me he hecho mayor,…tan mayor. Pero aun así pienso que la vida es algo fascinante, tiene magia, es poesía, es puro arte. La vida tiene que ser música, tiene que ser limpia, tenemos que vivir con nuestra conciencia  y, ya se sabe, vale más estar a gusto con uno mismo que tener razón. No debemos de  juzgar a nadie a la ligera y en este punto siempre recuerdo a mi madre, Anita, que era la abogada de las causas perdidas. Valoremos nuestro tiempo, observemos hacia donde nos lleva nuestro caminar y vigilemos nuestros pies, disfrutemos de cada una de nuestras pisadas. Nunca el hacer bien a alguien fue tiempo perdido.

Dos días atrás, a las trece horas en Asturias, yo, hija de hombre carismático y mujer generosa, con corazón de atleta, la cabeza llena de palabras y el alma de maestra, estaba en un mostrador y a mi lado una mujer, a la que yo había mirado sin ver, me dijo: -¿Profesora?-Y en ese preciso momento, otra vez el chispazo al ver unos ojos que no miraba desde hacía miles de años:-¿Juncal? Juncal Salván Meana vino a mi cabeza.

Siempre digo que algo me une a mis alumnos, algo que no se borra, ni se olvida, es un algo que me produce esos chispazos en la memoria y que consiente que todos y cada uno de ellos permanezcan en mí porque puedo decir, sin temor a equivocarme, que ellos me quieren porque yo…los quiero. También es un honor haber formado parte de sus vidas; espero haberles inculcado alguno de los valores que para mí siempre han sido fundamentales y, sobre todo espero, seguir estando por siempre en su corazón.

Y desde aquí les digo, como Virginia Woolf, que no tengan prisa, que no necesitan brillar, no necesitan ser nadie salvo ellos mismos.

                                                         Ana García de Loza

                                No tengáis prisa, no necesitáis ser nadie salvo vosotras mismas.

                               La foto de CARLA PASTOR y BLANCA DE LAGO.


VIVIR ES VER PASAR

 

Éramos  una clase de población  por fuerza intolerante y engreída. Los niños nacían en un mundo frívolo y apresurado, eran educados en él, en el llegaban a viejos y, finalmente, en él morían.

Ella ha visto pasar muchas nubes.

Pensábamos por razón natural, que controlábamos el numeroso e interminable desfile de sucesos de nuestro día a día, con su confuso rumor de rezos, súplicas, voces, gritos, y con nuestro ahogado caminar nos creíamos la cosa más grande del mundo; y nosotros, en cierto modo, los propietarios de todo aquello. Y tales éramos, en efecto, o por lo menos como tales nos considerábamos hasta que un bicho irreverente volvió nuestro universo patas arriba.

Y nos hizo enfrentarnos a nuestra soledad; y los obligó a morir solos; y acabó con la vida social que conocíamos; y en definitiva nos forzó a una introspección de la que siempre fuimos esquivos. Punto y aparte.

Si hacemos lo que podemos, ya no podemos hacer más. Si respetamos las normas, si no ponemos en peligro al prójimo, si somos buenos con nuestros semejantes, si decimos la verdad, si no hacemos lo que no queremos que nos hagan… ¿Qué nos queda?...Vivir.

Vivir con cuidado pero sin miedo. Vivir amando pero en silencio. Vivir disfrutando pero sin juzgar  porque como decía Azorín.

“Vivir es ver pasar: ver pasar allá en lo alto.

  Vivir es ver volver. Ver volver todo en un retorno perdurable,

  Y eterno -angustias, alegrías, esperanzas-, como esas nubes

   Que son siempre distintas y siempre las mismas”

 

Seamos, nosotros también, hacedores de sueños porque el mundo, como siempre, sigue siendo una franja infinita que encierra miles de miradas e historias por contar.

                                                                 Ana García de Loza.

 

Yo también he visto pasar muchas nubes; pero desde aquí
se ven con más optimismo. NAVIA de mis dulces sueños.

 



 

 

JOANNA

 

Se comprenderá que las ideas aireadas al mundo con respecto a las mujeres vienen marcadas por la imagen que cada uno quiere trasmitir, pero muchos son los matices y valores que nos ofrecen cada una de estas mujeres que empoderamos y que no pueden encasillarse con una etiqueta de estilo único.

 Es la libertad atrapada para siempre en una Pista.
Foto de Joanna Gómez Suárez.

 Aun así, sabemos que cada una de ellas tuvo por meta la búsqueda de su verdad y de su camino y que tal afán aligeró su tiempo hasta conseguir fundirse en él. Y eso pasa con Joanna; no se  puede encasillar. Entrenadora tenaz, profesional incansable  y amiga para siempre.

La mañana, mañana muy fría, empieza a iluminar las oscuras cimas de los montes, pero la naturaleza  permanece aún silenciosa, mientras yo, presa de una alegría que no puedo controlar, canto al ritmo de la música que suena en la radio. ¡Otro sábado más! Llevamos días y días compartiendo trabajo, experiencias y frío; e incontables fines de semana disfrutando de nuestras conversaciones sentadas, yo en un banco y tú en el mondo, del módulo cubierto de Las Mestas.

Muchos nos miran, otros nos ignoran, los menos nos valoran, pero nosotras seguimos trabajando y la gente que transita a nuestro alrededor se mueve sin considerar nuestro esfuerzo. Siempre ha sido igual. Parece que tardará en cambiar y que las mujeres en el mundo del deporte deberemos de pelear a brazo partido para no se sabe muy bien qué.

Empiezan entonces a ponerse en orden mis ideas y recuerdo que, mucho tiempo atrás, los prejuicios de la sociedad  en una España seca y desabrida me servían de acicate. Su miseria era opalescencia en mi cerebro y de su machismo, bien asentado y siempre solapado, procedían las grietas por donde mi inteligencia  se colaba. Y ahora, aquí estas tú, recordándome que la vida es una rueda que nunca se para.

Es lo que tiene la pista de Atletismo, que consolida amistades y oculta entre sus fauces todo tipo de guerras y desencantos, de alegrías y de pesares, de amores y desaires, de lozanía y de senectud. Mañanas del sábado llenas de clases y tardes repletas de conversación. Nos detenemos un rato, con el interés de quien mantiene una conversación delicada, y seguimos hablando: La primera vez que puse mis pies sobre una pista, supe que el atletismo ensanchaba mi corazón, pero no esperaba que pudiera ensancharme también el horizonte.

 A las seis de la tarde de aquel día en el que el sol se metía tibio entre las nubes, después de una noche lluviosa,  y  mientras te mueves gesticulando, nosotras caminamos a la par. Hemos buscado y hemos encontrado nuestro lugar, y aquí  discurre el tiempo sin sentirlo; la última generación de monitores  va y viene; todo parece normal, nada altera la dinámica de la existencia. Concurren en este espacio finito la magia y el poder de lo sagrado así que no precisamos inventarnos otro reino, como tampoco necesito decirte… que siempre te estaré apoyando.

 

Complejo deportivo de Las Mestas.

 

HAY RAZONES DEL CORAZÓN… QUE LA RAZÓN NO ENTIENDE

Es seguro que a lo largo de nuestra existencia debemos de tomar decisiones. Decisiones que cambiarán nuestra vida, nuestras compañías e incluso nuestra forma de vivir. En estas decisiones la razón siempre nos indica su camino, el camino correcto, el lógico, el acertado y en definitiva, el que deberíamos de seguir.
Foto de mi querido alumno, DAVID CAVASS.
Pero también en esos momentos, lejos de aclarar nuestras ideas, el corazón tiene algo que decir, entonces, nos impide avanzar y esgrime sus razones. Estas razones son menos certeras, menos claras, menos adecuadas pero en definitiva son sus razones, las razones del corazón. 

 Y la experiencia me dice que siempre que he tenido que tomar una decisión importante, lejos de apartarme de la razón, me ha resultado más acertado arrimarme al corazón. 

 El peligro de todos los peligros es que no quieras perder nada. Con el cambio de los valores espirituales absolutos, todo aquello a lo que habíamos atribuido sentido, se desvanece: se difumina el límite entre el bien y el mal, se menosprecia la compasión, la cortesía y la buena conversación pero la valentía sigue siendo uno de los goznes importantes para girar hacia rumbos diferentes. 

Y digo la valentía para tomar decisiones que no es lo mismo que la ausencia de miedo. Miedo tenemos todos y debemos de vencerlo si queremos cambiar el rumbo de nuestra vida y no naufragar entre dos aguas y acaso sea cierto aquello que decía Cervantes de que el verdadero valor se encuentra entre la cobardía y la temeridad. 

 Como podéis intuir por mis palabras me inclino, sin perder el rumbo, por las razones del corazón porque la represión de nuestras sentimientos nos proporciona la ilusión de que ocultando una emoción podemos protegernos de ella, craso error. La emoción vive en el cuerpo porque es natural y fisiológica y forma parte de la vida y si elegimos el camino de la razón es probable que pasemos un tiempo somatizando emociones y transformándolas en dolores. 
Y si por el contrario elegimos el camino del corazón probablemente lo que pasemos sean discordancias materiales porque, casi siempre, cuando tenemos que elegir suele ser entre dos puntos bien distantes entre sí. 

 Dice la escritora portuguesa, Lidia George, que la literatura es la belleza del dolor y en la misma línea de pensamiento, yo creo, que hay más intensidad, más inspiración y más fuerza en el desamor, del tipo que sea, y en el desapego que en el propio amor. El desamor te arrastra a la creatividad del corazón en carne viva, a la desazón del silencio del amado, a la incongruencia de la banalidad del sentimiento, a la cruel barbarie del olvido y, por si fuera poco, también creo que dura más en el tiempo un sentimiento de desamor que un amor correspondido. Así es la condición humana. 

 Y permitidme deciros, amigos lectores, que soy litúrgica por la repetición de mis mantras porque creo que el arte desengozna la vanidad de los humanos y por supuesto creo, también como Lidia George, que al mal no se opone el bien; al mal se pone la belleza.

Espero y deseo que hayáis remediado ya vuestras indecisiones y que se encienda la imaginación de todos aquellos que buscan la solución y la espiritualidad en las razones del corazón. Entonces puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que siempre que he tenido que elegir, insisto, lejos de alejarme de la razón, he elegido los caminos del corazón. ¿He estado acertada? Lo ignoro. Lo único cierto es que he pagado siempre con elegancia las consecuencias de mis actos y eso… me hace más humana. 

HAY RAZONES DEL CORAZÓN… QUE LA RAZÓN NO ENTIENDE.
HAY RAZONES DEL CORAZÓN… QUE LA RAZÓN NO ENTIENDE.
                                                                        
                                                                        ANA GARCÍA DE LOZA

DICKENS Y MI DESAMOR

 

Tres días por semana, quedábamos. Siempre a la misma hora; siempre en el mismo lugar. Hacía calorcito en aquel rincón y mientras te adoraba, yo, me perdía en observar  las motas de polvo que bailaban alrededor de los oblicuos rayos de sol. Pero allí estábamos; tú para ser querido, yo queriéndote. 

Vivimos un romance irrepetible.
Vivimos un romance irrepetible.

Llegaba ilusionada y emocionada de volverte a leer, porque el día, después de ti, era aire vacío. Durante cada uno de aquellos momentos sentí tu calor, tu arte; adoraba tu forma de hacer; de estar y de existir. Idolatraba tu manera de defender a los pobres, tu  capacidad de vivir con soltura entre reyes y reinas. Yo te quería y  me gustaba tu tacto recubierto por la pátina del tiempo y entonaba tus palabras escritas, cual juglar enaltecido. Y de vuelta a la realidad, allí seguías; eras parte de mí. Aquellos días, sí.

Vivimos un romance irrepetible. Me susurraste cosas grandiosas.

No puedo negar que algo había oído. Aún así, me permitía mencionarte: -Y yo, como él, creo que el amor es más poderoso que la muerte-Continuaba con mi diatriba- Y, también como él, creo que los humanos tenemos un único camino para la redención, el amor, el amor, el amor. El amor que yo sentía por ti.

Y he aquí  el motivo de mi renuencia: Ayer, y por esas inclemencias con que nos vapulea la realidad, me enteré de que tú,  mi amado Charles, el escritor más sobresaliente de la era victoriana, cuando decidió separarse de su mujer, Catherina, con la que había compartido veinte años y diez hijos, la intentó encerrar en un manicomio para disfrutar en libertad, de su romance con Ellen Ternan. Él sabía que condenaba a su esposa al ostracismo y la incitaba a la locura en términos reales, aunque ella no estuviera loca, y de esta forma cruel y abyecta, mi poeta de la ciudad moderna, se ha convertido en un hombrecillo cualquiera; un puro maltratador; un hombre con defectos tan vulgares que pierde casi todo el lustre que yo le había otorgado. 

Todo esto me lo ha dicho John  Bowen, profesor de Literatura del siglo XIX en la Universidad de York, porque encontró unas cartas que Edward Dutton Cook  mandó  a su amigo, el periodista, Willian Moy Thomas. Y el mencionado, Cook, fue vecino de Catherine las dos últimas décadas de su vida en Camden, al norte de Londres. Un entrañable cuento de Navidad. ¿O no?

Pero como soy de amores imperecederos, volví a buscarte en un día claro. Allí seguía la silla, abandonada en un rincón, mientras los personajes de tus historias flotaban en el aire riéndose de mí a carcajadas. Volví a buscarte pero no, tú ya no estabas. Habías descendido a los  infiernos arrastrado por la parte más oscura de tu mente.

Entreverada en el discurrir de la vida cotidiana ha vuelto a mi admiración por ti que tienes esa capacidad, que por cierto me enamora, de jugar con las palabras y con las situaciones; que reconviertes la realidad en algo maravilloso y que aseveras  que “Hay una sabiduría de la cabeza y una sabiduría del corazón.”

Te adoro, querido Charles
                                        

                                            ANA GARCÍA  DE  LOZA

LITO, EL DEL CARBONERU (MIERES)

 Fueron días difíciles, pero en aquella época comenzaron a creer los unos en los otros, y supieron, que si peleaban juntos, la lucha por la vida era más llevadera. Por eso desde la llegada del otoño, los habitantes de aquella aldea, decidieron seguir manteniendo la tradición de elaborar, entre todos, la sidra para el gasto. Estaba el pueblo, a la sazón, rodeado de pomaradas; y en este momento de la historia, ya habían sumido las manzanas, las habían recogido en calderos y las habían dejado reposar el tiempo suficiente para que la sidra tuviera ese sabor dulce que les gustaba sobremanera. Y la guerra que vivía el país no mermaba, ni una miga, el encanto del ceremonial sidreru. 

LITO, el del Carboneru; un gran hombre.

Los barrenos sonaban, a cualquier hora, y rompían dentro de la cabeza de Lito confundidos con un rumor de voces lejanas. Las voces llegaban, ahora, de la puerta entreabierta del llagar. Se había encendido un candil entre los matorrales cerca del lavaderu, por eso les entró el miedo y todos caminaron en dirección a la casona gobernada por la cocina de carbón, que a aquellas horas estaba casi apagada. Una vez dentro hablaron en voz baja mientras las mujeres se apresuraron a cerrar las contraventanas y las apuntalaban con tablas de madera, planas y estrechas, que atravesaban en diagonal los dos postigos. Todas las precauciones eran pocas porque corría la voz de que andaba por los alrededores una patrulla que iba de avanzadilla del ejército de los malos y mataba a sangre fría todo lo que encontraba en su camino. Excuso decir si tenían algún chivatazo.

Lito, miraba en lontananza mientras pensaba en lo mucho que había disfrutado elaborando aquella sidra. ¡Bendito octubre! Mayar había sido mágico porque podía ser la última vez. La magaya del, 37, tenía  mejor aspecto que nunca. Un par de veces al día la revolvían y vuelta a prensarla.

Pero el tiempo había pasado así que la sidra había fermentado. Entró marzo, y con él, nuevos murmullos de la avanzadilla. Aunque no llegarían hasta allí porque, El Carboneru, era un pueblu que taba a mediu camín entre los montes y el cielo. 

Alguien entró de fuera y atravesando el largo pasillo de la casa apagó la luz de la cocina.

-¡Que nos van a ver, hosties! ¡ Apagai la luz!

-No podemos tar tranquilos ni un momento; tamos en medio la guerra –dijo, Lito, como en un suspiro mientras se llevaba el dedo índice a los labios pa´ que un guaje callase la boca. Y, entonces, volvió a su mente aquella jornada del mes de octubre pasado, con un viento descarado que soplaba del norte, frío y temperamental. Habían lavado muchos  kilos de verdialona, y otros tantos de ernestina; la habían picado y la habían metido en el llagar. Estaban en guerra pero eso no cambiaba, para nada, el proceso de hacer sidra, ni variaba la certeza de que la mejor sidra se elabora en octubre y en Asturias.

Aquel líquido sagrado que envalentonaba a los flojos; quitaba el miedo a las mujeres y las penas a los más sensibles, siempre, era necesario. En tiempo de paz, imprimía carácter y en tiempo de guerra, enardecía los espíritus y anestesiaba corazones. Por algo, Lito, aseguraba que un hombre nunca es totalmente malo.

El atardecer parecía la hora elegida por los guerrilleros para ejecutar su caza de brujas. -¡Y que nadie se extrañe!-decía el cabo- ¡Esto es la guerra y no una guerra cualquiera, sino la peor de todas; la guerra entre hermanos, entre amigos, entre vecinos! ¡La puta guerra! Aquí, matamos, o morimos.

Así que cuando se olía el peligro y poco antes del tan temido atardecer algunas familias, declaradas insurrectas sólo por el sitio en el que les cogió la contienda, se atrincheraban en el caserío, apagaban todas las luces y  se metían en el sótano.

 -Pero el tiempo es lo que más rápido pasa.-Seguía pensando Lito mientras observaba a los reunidos en la cocina.- Ya estamos en marzo.-Balbuceó. Acababan de hacer el trasiego; habían pasado la fría tarde del día anterior al abrigo del aire y mezclando mostos de diferentes toneles. Y por fin, habían embotellado la sidra. Siempre las mismas botellas; botellas bien lavadas en el cañu la fuente. En estas reflexiones andaba cuando con estruendo y a patadas, abrieron la puerta de la casa. La puerta dio contra la pared y volvió a estrellarse con el hombre que la había forzado.

En sólo un segundo, los allí presentes, se vieron encañonados por cuatro Mauser y, en  aquel mismo segundo, se pararon los corazones. Corazones que cogieron de nuevo el ritmo siendo prisioneros; prisioneros por ideas diferentes a las suyas y por la intolerancia. Sea como fuere no había escapatoria. Parecía imposible pero estaban encañonados y a un paso de morir. Alguno rezaba y otros se acuclillaron en el suelo para enroscar el miedo. Las mujeres se mantuvieron tiesas como palos; como eran ellas. Pero él, Lito, era el representante de aquel grupo así que templó la voz con un carraspeo y dijo:

-Cabo.- El aludido lo miró con furia contenida- No voy  convencete pa´ que no cumplas con la tu obligación, pero sé que tienes honor.

-¿Qué coño quies?- dijo el cabo.

Lo que se vivió a continuación fue uno de esos momentos que viaja de boca en boca y de generación en generación hasta convertirse en leyenda.

Se hizo el silencio.

-Nosotros no somos asesinos-Sintió la necesidad de disculparse el cabo.- Somos militantes convencidos.

- Ya- dijo Lito condescendiente.- ¡Como todos!

- ¡Pide de una puta vez!- Se impacientó el soldado. La tensión apretaba los cuerpos de los implicados.

- ¡Quiero- dijo de forma muy ceremonial, Lito- que nos dejéis probar la sidra de esti añu! ¡De morir, morir contentos!

-¡Mejor: morir borrachos!-apostilló un prisionero pero, inmediatamente, uno de los Mauser le apuntó a la cabeza.

Y, una vez más, aquel asqueroso silencio invadió la estancia. Un silencio cargado de declaraciones de amistad sin pronunciar, de disculpas no pedidas, de amores no confesados y de envidias nunca reconocidas. A Lito, siempre le había parecido que el silencio de los humanos tiene algo patético, algo que no tiene el silencio de la naturaleza. Pero entonces, el cabo, soltó una risotada.- ¡Venga esa sidra! Otro soldado se mantuvo, fusil en ristre, apuntando ora uno ora otro mientras el anfitrión traía unas botellas de sidra y empezaba a escanciar en la misma cocina, sobre un pequeño balde de madera que tenían a mano para las ocasiones.

Primera ronda, …un culín y la gente empezó a relajase; los prisioneros y los que no lo eran. Segunda ronda, otru culín y Lito encontró el hilo finísimo que conducía hasta las pasiones del cabo mientras la sidra caía con efervescencia en el vaso y chiscaba a los que estaban alrededor  aunque a nadie parecía importai. Tercera ronda,…..Cuarta ronda.

De pronto, el cabo, se levantó y todos quedaron envarados. Abrió la puerta de la calle y el frío de la noche entró en la estancia. El aire había parado y había empezado a llover. El cabo, tambaleándose ligeramente, se sintió repentinamente alegre. Empujó la puerta con el hombro y dijo.- Soldaos, tos pa´ fuera-Y los soldados caminando en silencio salieron a la oscuridad. Enfilaron el camín que bajaba hasta Mieres y desaparecieron.

 Lito procuró dominarse pero temblaba y después de dar unos pasos se estremeció de nuevo. Todos fueron detrás de él y se mostró ante sus ojos un pueblo silencioso; un cielo que comenzaba a llenarse de haces rojizos y un futuro lleno de vida. Y es que en el fondo, él, tenía razón y los hombres no son totalmente malos. Al compás de la euforia, nació un remanso de conversaciones nuevas y emocionantes. Lito sudaba, aunque su tono sonaba seco y conciso en mitad de la cocina y entonces dijo:- ¡Tuvimos suerte, chavales, d´esta salimos!- Y el coro plañidero, formado por el resto, entonó un suspiro de alivio.

Durante mucho tiempo se habló de esta historia en la montaña de Mieres porque la guerra allí no era nada, solo un rumor lejano; un fuego que te quema las entrañas y unes botellines de sidra que cambiaron el destino del Carboneru.

Porque la guerra allí no era nada pero, Lito, sí. Lito era su salvación.

                    Ana García de Loza

En un pueblo de MIERES...