LA CHICA DEL HOSPICIO (SEGUNDA PARTE)


Así que el artista decidió no dar mayor importancia a las palabras del  recepcionista y  cada mañana manejaba con ligereza aquellos pinceles capaces de transformar sus inquietudes,
Así nacen las leyendas.
de niño extraño, en retratos singulares y exclusivos. Sin embargo no dejaba de pensar en la chica rubia a la que creyó ver, otra vez más, cuando ella  lo observaba desde la galería de la primera planta. Pero también es cierto que a pesar de disfrutar de aquel remozado edificio del actual Hotel de la Reconquista, siempre imaginaba como sería el lugar en sus orígenes cuando era un hospicio. Veía monjas educando a niños, tan pobres como desamparados que convivían dentro de los muros del orfanato y conocían todos sus escondrijos, sus cuartos oscuros y sus galerías. Los chicos sabían lo que era besar el suelo y que los castigasen mirando a la pared. Así que no iba a dar más vueltas a la cabeza.
Y como el tiempo es lo que más rápido corre, la exposición llegó a su fin, momento en el cual se organizaba una reunión social, punto de encuentro de algunos pintores amigos, amén de un puñado de intelectuales de la ciudad de la Regenta. De entre el grupo de gente salió un hombre mayor que se acercó a él y le dijo sin preámbulos –Es usted un artista y necesito su ayuda.
– ¿En qué puedo ayudarlo? –continuó con afabilidad.
– Necesito que pinte a mi hija –Había ansia contenida en su voz y por eso el pintor le pidió una fotografía, pero el anciano no la tenía así que, impactado por su mirada triste, le sugirió que se la describiese; sabía que la tarea resultaría difícil.   
Después de varios bocetos, ante los que la cara del hombre iba de decepción en decepción, el artista le rogó algún detalle más significativo,  y el padre dijo que tenía los ojos de un color azulísimo, casi trasparente. El experto dibujante volvió a quedar sobrecogido y recordó  a la chica del banco de madera. Con cuatro trazos precisos la dibujó y el padre resplandeció de alegría mientras le contaba que habían tenido que dejarla en el hospicio de Oviedo, donde había muerto esperando su visita; y en ese momento todo encajó.
La chica del hospicio no creía en las casualidades y había buscado al pintor para que la uniera con su padre. Otra vez más sus pinceles cumplían una última voluntad y unían dos mundos que interaccionan en más ocasiones de las que pensamos. La chica del hospicio reafirma la idea de Dickens de que el amor es más poderoso que la muerte y creo firmemente que el recuerdo de las personas es la marca que cada uno deja en el seno del infinito.
El amor es más poderoso que la muerte.

                                                                 Ana García de Loza

 


LA CHICA DEL HOSPICIO ( PRIMERA PARTE)


Queridos lectores, voy a contaros una tierna  historia con la que he participado (hace poco) en un libro colectivo titulado Habitación 2019. Espero que sea de vuestro agrado.

Tenía el pelo entrecano y unos ojos tan negros como el carbón que sacaban de las entrañas al pueblo de su madre. Le gustaba sentarse al sol y no necesitaba ser ni hombre ni mujer; sólo necesitaba sus brochas. Con aquellos anteojos, que le colgaban de la punta de la nariz y aquellos pinceles, podía hacer inmortal a cualquier paisano.
"No creo en las casualidades" dijo la chica.
Su fama de buen pintor ya le precedía y cuando se bajaba de aquel tren ómnibus, que iba de León a Gijón, muchos viajeros observaban con curiosidad sus caballetes y cuchicheaban admirados. Corría el año 1973 y acababan de inaugurar el hotel de la Reconquista en Oviedo en el lugar donde antaño se asentaba un hospicio y el pintor vivía en una de aquellas ciento cuarenta y dos habitaciones durante los días que duraba la exposición.
Cual fiel guardián de su obra  paseaba, desde primeras horas de la mañana, alrededor de la regia sala de aquel hotel de Oviedo donde temporalmente se hallaba parte de su vida colgada en la pared. Fue en uno de aquellos paseos, y recién entrado de la calle, cuando notó la presencia de una joven sentada en el banco de madera, de cerezo tallado, que estaba justo a la entrada de su sala de exposición. Pasó al lado de la chica y ella lo miró fijamente. Tenía unos ojos tan azules que casi deslumbraban. Sus ropas no le llamaron la atención pero en conjunto parecía alguien especial y diferente. Le echó una mirada liviana al cruzar el umbral de la puerta y entonces recordó haberla visto otra vez, por eso se quedó envarado y decidió dar la vuelta para conversar. Pero cuando salió, ella, ya no estaba.-Bueno, –pensó –, supongo que será huésped en este hotel, así que la próxima vez que la vea le preguntaré de dónde venía ayer en el ómnibus.
Al día siguiente volvió a ver a la chica sentada en el mismo banco, se acercó a ella y le dijo con tranquilidad que la había visto, días atrás, en el tren.
–Sí, –dijo ella. – Le he visto a usted dos veces. Esta es la tercera.
– ¡Qué casualidad! ¡Viajamos a la vez y estamos aquí hospedados los dos! –Respondió el pintor.
- No creo en las casualidades. –Replicó la chica en el mismo tono impersonal en el que hablaba, mientras lo miraba fijamente. Entonces alguien lo llamó y cuando volvió, la misteriosa muchacha ya no estaba.
A la mañana después de su encuentro, el pintor la echo en falta sentada en el banco de cerezo pero se acordó de que mientras hablaban, el recepcionista los observaba atentamente y sin pensarlo más fue a interesarse por la joven.
–Oiga, ¿podría usted informarme de si sigue aquí hospedada la chica con la que yo hablaba ayer? –Preguntó el pintor.
- No vi ninguna chica. -Respondió el recepcionista valorando si le hablaban en serio.
-Sí, sí. Usted nos miraba fijamente cuando, ella sentada en el banco y yo de pie a su lado, conversábamos. –Insistió el pintor, a la vez que pensaba si aquel recepcionista sería normal.
–Perdón, señor –continuó el trabajador del hotel–Yo le miraba fijamente porque lo veía a usted hablar solo, mirando al banco de cerezo.
CONTINUARÁ EL MES QUE VIENE...
Yo lo miraba fijamente porque lo veía a usted hablar solo.


ANA GARCÍA DE LOZA
                                                                                                


ELLOS TAMBIÉN LLORAN


"Si he perdido la ilusión, el tiempo, todo
lo que tiré como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra" (Blas de Otero)
J´ai entendu dire que le temps met chacun à sa place.
Dommage car je ne te vois plus.23/05/2020

Perseverar en un desconsuelo obstinado es una conducta de impía terquedad; es un proceder indigno de persona inteligente; muestra  un corazón demasiado sensible y un alma sin resignación. Pues si sabemos que eso que añoramos no ha de suceder, ¿por qué con terca oposición hemos de tomarlo tan a pecho?

No os creáis, queridos lectores, que hablo del típico culebrón del que muchos huimos. No; ni mucho menos. Estoy pensando en personas del género masculino que son de carne y hueso, te los cruzas por la calle, tienen un trabajo importante, son seres inteligentes, mentes resolutivas y…también lloran.
Y no lloran por dinero, no sufren por avatares de enjundia intelectual, no son astronautas devanándose los sesos por si hay vida en otros planetas; son hombres y lloran por amor, escriben por amor, pintan por amor, fuman por amor, beben por amor y en definitiva, penan por aquello que no pueden poseer. Porque aquella historia que no tiene demasiado lógica, y a la que le sobra imaginación, es la historia que no les deja vivir.

Y entonces, nuestro hombre íntegro que se ha vuelto a enamorar, fuera de tiempo, cree que todo sería mejor sin tanto corazón y, además, su vida sería casi perfecta sin aquella obsesión.

Insisto, aunque parezca un brutal fresco de entreguerras pintado en otoño y que adorna el salón de un envilecido burgués caduco, no es anormal tener una ilusión. Conozco a pocas personas que no tengan su ilusión; una ilusión que les impide ser totalmente felices con lo que tienen; una ilusión que carcome la rutina hasta hacerles pensar que todo podría ser diferente.

No te equivoques, hombre de bien, todo llegaría a ser lo mismo.

No te dejes engañar, no permitas que la imaginación te fustigue. Lo que pudo haber sido y no fue, no merece la pena. No te sientas diferente; no eres raro. Y sí, tienes suerte.  Solo debes de saber que cada uno tiene su propia obsesión.

Él era un hombre apuesto. Tenía la frente grande y cubierta con un montón de pelo negro, otrora ensortijado; la nariz también grande y aguileña. Frente a él, su mujer, menuda, bonita y con la mirada alegre. Los niños, como ella, sonrientes, siempre sonrientes. A su derecha los invitados que le entretenían pero en cuanto tenía un momento de sosiego volvía a su mente, de forma insistente, aquella obsesión; siempre la misma.

En la mesa él veía  un ramillete de violetas frescas, una jarra de cristal con el borde de plata y una salsera con una tapa que se abría con un leve chasquido para dejar pasar la salsa; había un plato con el borde también plateado, una botella de vino y una fuente con un trozo de ternera. Y entre bocado y bocado, su obsesión. Aquel sentimiento que hacía que pareciesen nimiedades  todas las bendiciones que la vida le había dado. Pero, no; despierta; olvídate de esa mujer, ya que no es la tuya. Nunca será la tuya.

Aprecia lo que tienes y coloca tu ilusión donde buenamente puedas porque vivimos en un punto del universo, en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol. Sentimos  emociones  fervientes que nos permiten abrirnos al mundo y vibrar con la vida. Así que sé generoso contigo mismo y olvídate de ella; no dejes que te sumerja en su envolvente oscuridad, y recuerda, lo que convierte una ligera obsesión en un amor eterno es la manera en que se entreteje con el tiempo.

En definitiva, queridos lectores, sabemos que ellos también sufren tribulaciones, también sufren por amor y, sobre todo sabemos, que ellos también lloran.
 
Ellos también lloran.
                                         ANA GARCÍA DE LOZA.


TRAMPANTOJO


Veo a través de la ventana más alta de la casa, el  monte Naranco; siempre la misma ventana y siempre el mismo lugar, aunque si cambio de ventana, veo el jardín, al fondo del cual, se vislumbra, en las tardes despejadas, un árbol solitario; aquí todos los árboles  son distintos conforme la luz va cambiando y es, en esa hora bruja, cuando yo recupero un poco el sentido de la realidad y olvido la distancia social.
Trampatojo. ¿O no?
Frente a otra ventana  distingo el horizonte – algunas veces abrazándose a las nubes-. Todo lo que está más allá de esa línea en el infinito lo tengo que imaginar, como hago con vosotros.

En esta situación de momentos difíciles, incertidumbres y muchas soledades, he encontrado una vieja poesía cuyos últimos versos os trascribo para que podáis poneros en la situación de nostalgia que me corroía cuando la escribí:

“No te  enardezcas, querido mío, porque
  Eres trampantojo de una obsesión.
  Y ya estoy harta de imaginar,
  Estoy hasta el alma de esta quimera;
  Porque a la postre y aún a tu vera,
  Siempre los sueños, sueños serán”

“Y si el cordero se come la flor será como si bruscamente todas las estrellas se apagaran. Y esto, ¿no es importante?”- decía un personaje al que adoro, y yo digo lo mismo. “Y si la realidad se come la ilusión será como si el bicho nos comiera el corazón”

No puedo añadir nada porque, también, esta situación me genera ganas de no pensar. La noche ha caído. Yo dejo mi mente en blanco mientras toqueteo con el lápiz  la mesa de madera y no me importa ni el ruido, ni la música que suena, ni la sed, ni la hora. En un planeta, el mío, la tierra, hay gente que necesita alivio. Yo quiero arrullarlos con mi voz y dibujarles con palabras una armadura para su corazón…Di algo más Ana…no sé bien que decir. A veces me siento torpe. Otras veces no sé cómo llegar  a vosotros, ni  cómo encontraros, solo sé escribir palabras y más palabras
¡Es tan sorprendente el país de las palabras!
                                                                                 
 
¡Es tan sorprendente el país de las palabras!

                                                                              Ana García de Loza

DE BALCÓN A BALCÓN


Estamos acostumbrados a oír que lo único seguro en el universo es el cambio y, mientras tanto, la vida sigue discurriendo con sus mil historias y sus filigranas para mantenernos ocupados y colocarnos en nuestro sitio, normalmente aquel sitio por el que peleamos.
Nuestro mundo se ha parado.

Pero resulta que, en un momento, nos hemos convertido en testigos presenciales de cómo este mundo nuestro, de desayunos rápidos, relaciones virtuales y amores condicionales, se ha parado.
De repente despertamos un día y nos damos cuenta de que somos frágiles y no sabemos si esta guerra en la que luchamos ha sido algo intencionado o negligencia de algunos; pero aquí estamos, consternados porque nos han quitado los besos y los abrazos y además, acongojados, porque tenemos miedo; miedo a no tener comida, miedo a que nos falte el aire, miedo a la enfermedad y, en definitiva, miedo a la muerte.  
Aislados, y en retiro forzado, nos tropezamos con nuestra locura y con nuestros demonios y necesitamos encontrar la manera de tolerarlos para descubrir, en algún momento de esta cuarentena, que el silencio de la soledad es curativo para el alma. Y para el aire de nuestros horizontes y para las aguas de nuestros amados canales.

He oído que el averno del miedo a la enfermedad es el mismo que la obsesión por la salud y, pensamos tanto en  nosotros que, olvidamos al prójimo y siempre encontramos una excusa para salir a la calle; pero saltarse las normas, aparte de ser un acto de bellacos e irresponsables, no soluciona nada.
Si a esto añadimos que pasamos la mayor parte del tiempo conversando con nuestros amigos de litio para notar, ahora, que estamos solos, entonces, nuestro susto aumenta.

Pero desde que el mundo se ha parado, el susto se olvida cuando nos relacionamos de balcón a balcón; y miramos a nuestros vecinos con otros ojos y aplaudimos juntos y nos acompañamos unos a otros. Además nuestra vida social, otrora tan diversa, ha pasado a ser solo de balcón a balcón. Y aunque descubrimos  gente que a todo le encuentra el lado negativo, mi parte de animal social se emociona al observar el eco de esos aplausos lamiendo las luces de las farolas y creo que el mundo seguirá siendo mundo cuando, entre todos, consigamos vencer al bicho.

Aun así, mientras estemos aquí, lo más inteligente es ser generosos y pensar en los demás: No salgamos de casa porque como dice mi amigo y gran escritor, Ramón Loureiro, los momentos más duros les dicen a los demás quienes somos cada uno de nosotros.
El mundo seguirá siendo mundo cuando entre todos
consigamos vencer al bicho. La foto de Josefina Velasco.



PARA LOS QUE AMAMOS EL ATLETISMO



Siempre que la palabra atletismo se entona a mí alrededor, seguro que me encontrareis pletórica de sensaciones, asediada de buenos recuerdos y rodeada de grandes amigos.
Así que…..recordemos un poco:
Grupo de Atletas de 400 ml y 400 mv.

Hacía solete en aquella esquina del CAU, entre la valla que rodea la pista, a la altura de la salida del doscientos, y la grada. Además allí mismo teníamos un banco, que utilizaban los espectadores del fútbol de los domingos, y que nos resultaba muy cómodo para dejar las zapatillas de clavos y los abrigos.
Insisto, hacía solete en los entrenamientos de los sábados por la mañana y en las tardes de primavera; pero también hacía un frío desolador en línea de meta cuando, cronómetro en mano, picaba (en argot atlético) las series de velocidad en el más crudo invierno. En esos momentos, mientras yo tiritaba de frío, mis atletas corrían casi al cien por cien de sus posibilidades para trasferir aquella fuerza, hecha con hierro, a sus privilegiados haces musculares. Y digo privilegiados porque ellos eran un grupo de alto rendimiento y había mucha calidad fisiológica en sus piernas y mucho corazón en sus esfuerzos.

La entrenadora, que era yo, hizo saber que sus pensamientos de técnico son demasiado estudiados como para discutirlos. Eso parecería  ridículo y constituiría una exhortación a la sátira si la que hablaba no fuese la jefa. Las palabras de un entrenador están abaladas por muchas horas de trabajo y de estudio, de consecuencias aceptadas por ensayo error y de experiencias personales meditadas, por eso cuando llegas un día a la pista y tus atletas te dicen:
-¿Jefa, podemos cambiar  este entrenamiento? -En principio, di que no.

Los que dirigen un grupo de egos, condimentados con mucho esfuerzo y salpicados de éxito, deben de madurar con urgencia y esquivar los delirios de grandeza; y además deben de ser lo suficientemente inteligentes como para saber que la falta de empatía destruye cualquier autoridad. Lo sensato y lo ético es tener pocas normas pero claras, y mantenerlas; amén de tratar bien a la persona que habita en ese cuerpo al que buscas sacar el mayor rendimiento posible. No tienes que ser su amigo, tienes que ser su ENTRENADOR.

Ponerse las zapatillas de clavos es todo un ritual, el aire rozando tu cara y tú, volando sobre el mondo. Estamos fascinados con el ruido, los olores y las sensaciones de la competición. La clave está en aguantar la máxima velocidad, el mayor tiempo posible y es un gustazo deslizarse por la pista. Los muslos,  los abdominales, tus pensamientos y tu capacidad de lucha se ponen en liza. La velocidad que alcanzas cambia las condiciones y el ácido láctico altera las referencias, te olvidas de los pies y debes de enfrentarte a tus límites.
El trabajo físico ya está hecho y ganará el que tenga más sangre fría. Experimenté esas sensaciones como deportista pero las repetí como entrenadora; se trata de acompañar al atleta, mantenerse en un estado de ánimo igual al suyo para conducirlo a ese límite. Tú como cabeza pensante buscas el perfeccionamiento de la técnicas y exiges una voluntad de hierro. El atleta está dispuesto a morir por conseguir un record y le pone alma al Citius, altius, fortius, el lema que inmortalizó el Barón de Coubertain. Y es que más allá de frivolidades, lo rápido que seas capaz de correr  dice mucho sobre tu entrenador sin que pronuncies palabra.

Los veranos son abrasadores. Lo que entendemos por verdad se relativiza y la vida gira en torno a la pista convirtiéndola en el lugar donde se robustecen los egos. Mirando a todas aquellas personas que corren a tu lado te preguntas, con una curiosidad loca, que clase de vida llevarán, a quien amarán y  por quien llorarán. Algunos de estos personajes te fascinan, otros son sencillamente normales, pero flota en el aire un efluvio exquisito que te hace sentirte ávida de sensaciones, y entonces no puedes menos que decir, que aquella pista mágica, de suelo rojo y espíritu noble, da cobijo a guerreros generosos con objetivos espléndidos, pero seguro que ese ambiente también tiene algo inimitable que te marcará para siempre.

Mi experiencia en la vuelta a la pista está llena sabiduría heredada, de anécdotas y curiosidades, algunas de ellas son simples detalles, otras son historias en sí mismas, pero todas tienen gran valor  y han marcado las fronteras de mi corazón. Conducir a mis atletas al límite, al éxito, y luego sentirme orgullosa del trabajo bien hecho era el objetivo, y todos juntos hemos conseguido que el mito se perpetuase.

A veces la lejanía del tartán me duele y busco sus huellas, pero me digo a mi misma que puedo ahuyentar el desasosiego si me concentro en lo que hago, o en separar los ruidos de fondo, de la vida. Y de pronto me llevo una sorpresa; nunca había pensado que pudiera haber música en una pista de atletismo, pero la hay, sí  que la hay para quien sabe escuchar. Voces, cantos, lloros, silbidos, disparos de fogueo, chapoteos en la ría, pisadas sobre el tartán, extrañas pulsiones y todo esto encuentra un lugar sin proponérselo y se combina para formar una sinfonía vibrante y en continuo movimiento.

No seas tan rápido en juzgar, todas las personas tenemos una larga historia; mira hacia adentro y recuerda la hermosura de un entrenamiento acabado, una marca personal conseguida o una carrera ganada y cuando lo haces te sientes parte de algo mucho más grande y te invade una sensación preciosa de gratitud por estar vivo.

Y acuérdate que el espíritu del atletismo, NUNCA TE ABANDONARÁ.
El espíritu del Atletismo, NUNCA TE ABANDONARÁ.
Ana García de Loza.



DESAMOR A RAUDALES


Desde tiempos inmemoriales resulta un artículo de fe considerar  más feliz a quien más amó, y yo, estoy en desacuerdo ya que aun no teniendo argumento real, lo nuestro, ha sido algo intenso, romántico, subido de tono y lleno de matices filosóficos; matices que necesitaba esta alma mía para no desintegrarse podrida de realidad  y totalmente falta de la dosis de romanticismo que, a mi modo de ver, todo humano necesita. Y es que felicidad propiamente dicha, este amor, no me ha proporcionado.
Y ya que estabas, necesitaba hablarte.


No sé cómo lo hiciste pero apareciste para recordarme que la vida con ilusión es más interesante. Pero este era un amor de fantasía y lleno de emociones del que yo sabía, no saldría viva. Aun así, decidí apostar por él, y aposté la tranquilidad, el conformismo y, sobre todo, puse en liza la paz de mi mente.
Durante un tiempo tuve la sensación de que jugabas mi juego; te gustaba sentirte querido sin dar nada a cambio y te movías de tal forma que, solo yo, entendía tus movimientos. ¿O sería mentira también eso? 
Y a cada momento te quería más  y tú cada día te interesabas menos y entonces pensaba: Cuando eliminas lo imposible todo lo que queda, aunque parezca improbable, debe de ser la verdad. Y así iba mi obsesión por ti envolviéndome en una espiral interminable de paradojas que me sesgaban la mente.

Entre los pensamientos que antes ocupaban mi imaginación y los que ahora ha engendrado tú indiferencia han trabado una lucha titánica. Ahora bien, lo que  siento me recorre como un torbellino. Otras veces pienso que el amor no existe y me cago en todos tus muertos porque sufro por nada y para nada. Y vuelvo a recurrir a la filosofía para que aplaque mi ira y multiplique mis posibilidades; y no es precisamente porque se haya agotado este sentimiento, que anda en el fondo de mi cabeza enmarañado e indeciso, sino porque me aburre querer a una alucinación.

Aunque sé que tú nunca verás mis cartas, yo escribo para que me lean; en la mayor parte de las ocasiones lo hago para encontrar la paz; en otras, las menos, escribo para buscar mi pedacito de gloria pero podría decir en honor a la verdad que durante muchos años escribía solo para ti. Y si preguntas por qué, no lo sé. No sé por qué te pensaba ni mucho menos sé qué hacías en mi imaginación. No ocupabas espacio físico pero estabas. No siempre, pero estabas; y ya qué estabas necesitaba hablarte.

Algunas veces me intrigaba saber que habrías pensado de mí a lo largo de estos años. Supongo que me tildarías de obsesiva, que lo fui, o en el mejor de los casos de extravagante, porque he barajado más opciones pero de esas no quiero ni hablar. Y es que  me dejaba llevar por emociones intensas que resultaban bendiciones de deleite y magnetismo y todo esto sin haber cruzado contigo nada más que miradas. Así que con esta carta pretendo aplacar mi fantasía  y a la vez ensalzar los goces que dan sentido a la existencia, aunque a menudo una actitud acaba excluyendo a la otra. Pero también pretendo profundizar en los márgenes de la libertad para amar, que  por otro lado son escasos y casi siempre pecado. En definitiva, en la  carta sentimientos  y vida real entran en conflicto y llegamos a la conclusión que un amor imposible es un amor que siempre perdura. Tengo constancia de que a pesar de la realidad la gente seguirá teniendo ilusiones, añorando amores y desoyendo verdades pero como decía Cortázar, pobre del amor que del pensamiento se alimenta.

El hecho de que no te hubieses manifestado, para  decir  lo que ya estaba claro, supuso un desencanto en mi fantasía y,  tú, descendiste a los infiernos. Pareces, despojado de tu entelequia, físicamente exiguo, tan poquita cosa, tan aburrido, tan predecible y sórdido que ya no serás nada sin esa pátina de embrujo que yo te añadí.
¡Que Dios se apiade de tus restos!

Y con esto queda cerrado el ciclo monocromático de una devoción. Has sido un paréntesis mágico  y aunque afuera el mundo ruja o se adormezca; los hombres vivan o mueran; unos amores perezcan y nazcan otros, aun así, debes de tener claro que como yo te ha querido, desengáñate, así no te querrán.
La elegancia de las palabras y el embrujo que me corroe, contra la triste indiferencia y  los juegos de adultos a los que juegas con cartas marcadas de poder y dinero. 

Nada puedo hacer ante tu puñetera apatía por eso  necesito desesperadamente el arte. Aspiro con ardor a recuperar la ilusión espiritual, deseo con pasión que algo me salve de los destinos biológicos, de la vejez, del desamor, del aburrimiento y de la rutina, por eso me aferro a la poesía de este mundo y a la literatura del día a día.


                                                                Ciao, amore.
Deseo que algo me salve  de la vejez, del desamor y de la rutina por eso me aferro a la poesía de cada día.

      Ana García de Loza