TRAMPANTOJO


Veo a través de la ventana más alta de la casa, el  monte Naranco; siempre la misma ventana y siempre el mismo lugar, aunque si cambio de ventana, veo el jardín, al fondo del cual, se vislumbra, en las tardes despejadas, un árbol solitario; aquí todos los árboles  son distintos conforme la luz va cambiando y es, en esa hora bruja, cuando yo recupero un poco el sentido de la realidad y olvido la distancia social.
Trampatojo. ¿O no?
Frente a otra ventana  distingo el horizonte – algunas veces abrazándose a las nubes-. Todo lo que está más allá de esa línea en el infinito lo tengo que imaginar, como hago con vosotros.

En esta situación de momentos difíciles, incertidumbres y muchas soledades, he encontrado una vieja poesía cuyos últimos versos os trascribo para que podáis poneros en la situación de nostalgia que me corroía cuando la escribí:

“No te  enardezcas, querido mío, porque
  Eres trampantojo de una obsesión.
  Y ya estoy harta de imaginar,
  Estoy hasta el alma de esta quimera;
  Porque a la postre y aún a tu vera,
  Siempre los sueños, sueños serán”

“Y si el cordero se come la flor será como si bruscamente todas las estrellas se apagaran. Y esto, ¿no es importante?”- decía un personaje al que adoro, y yo digo lo mismo. “Y si la realidad se come la ilusión será como si el bicho nos comiera el corazón”

No puedo añadir nada porque, también, esta situación me genera ganas de no pensar. La noche ha caído. Yo dejo mi mente en blanco mientras toqueteo con el lápiz  la mesa de madera y no me importa ni el ruido, ni la música que suena, ni la sed, ni la hora. En un planeta, el mío, la tierra, hay gente que necesita alivio. Yo quiero arrullarlos con mi voz y dibujarles con palabras una armadura para su corazón…Di algo más Ana…no sé bien que decir. A veces me siento torpe. Otras veces no sé cómo llegar  a vosotros, ni  cómo encontraros, solo sé escribir palabras y más palabras
¡Es tan sorprendente el país de las palabras!
                                                                                 
 
¡Es tan sorprendente el país de las palabras!

                                                                              Ana García de Loza

DE BALCÓN A BALCÓN


Estamos acostumbrados a oír que lo único seguro en el universo es el cambio y, mientras tanto, la vida sigue discurriendo con sus mil historias y sus filigranas para mantenernos ocupados y colocarnos en nuestro sitio, normalmente aquel sitio por el que peleamos.
Nuestro mundo se ha parado.

Pero resulta que, en un momento, nos hemos convertido en testigos presenciales de cómo este mundo nuestro, de desayunos rápidos, relaciones virtuales y amores condicionales, se ha parado.
De repente despertamos un día y nos damos cuenta de que somos frágiles y no sabemos si esta guerra en la que luchamos ha sido algo intencionado o negligencia de algunos; pero aquí estamos, consternados porque nos han quitado los besos y los abrazos y además, acongojados, porque tenemos miedo; miedo a no tener comida, miedo a que nos falte el aire, miedo a la enfermedad y, en definitiva, miedo a la muerte.  
Aislados, y en retiro forzado, nos tropezamos con nuestra locura y con nuestros demonios y necesitamos encontrar la manera de tolerarlos para descubrir, en algún momento de esta cuarentena, que el silencio de la soledad es curativo para el alma. Y para el aire de nuestros horizontes y para las aguas de nuestros amados canales.

He oído que el averno del miedo a la enfermedad es el mismo que la obsesión por la salud y, pensamos tanto en  nosotros que, olvidamos al prójimo y siempre encontramos una excusa para salir a la calle; pero saltarse las normas, aparte de ser un acto de bellacos e irresponsables, no soluciona nada.
Si a esto añadimos que pasamos la mayor parte del tiempo conversando con nuestros amigos de litio para notar, ahora, que estamos solos, entonces, nuestro susto aumenta.

Pero desde que el mundo se ha parado, el susto se olvida cuando nos relacionamos de balcón a balcón; y miramos a nuestros vecinos con otros ojos y aplaudimos juntos y nos acompañamos unos a otros. Además nuestra vida social, otrora tan diversa, ha pasado a ser solo de balcón a balcón. Y aunque descubrimos  gente que a todo le encuentra el lado negativo, mi parte de animal social se emociona al observar el eco de esos aplausos lamiendo las luces de las farolas y creo que el mundo seguirá siendo mundo cuando, entre todos, consigamos vencer al bicho.

Aun así, mientras estemos aquí, lo más inteligente es ser generosos y pensar en los demás: No salgamos de casa porque como dice mi amigo y gran escritor, Ramón Loureiro, los momentos más duros les dicen a los demás quienes somos cada uno de nosotros.
El mundo seguirá siendo mundo cuando entre todos
consigamos vencer al bicho. La foto de Josefina Velasco.



PARA LOS QUE AMAMOS EL ATLETISMO



Siempre que la palabra atletismo se entona a mí alrededor, seguro que me encontrareis pletórica de sensaciones, asediada de buenos recuerdos y rodeada de grandes amigos.
Así que…..recordemos un poco:
Grupo de Atletas de 400 ml y 400 mv.

Hacía solete en aquella esquina del CAU, entre la valla que rodea la pista, a la altura de la salida del doscientos, y la grada. Además allí mismo teníamos un banco, que utilizaban los espectadores del fútbol de los domingos, y que nos resultaba muy cómodo para dejar las zapatillas de clavos y los abrigos.
Insisto, hacía solete en los entrenamientos de los sábados por la mañana y en las tardes de primavera; pero también hacía un frío desolador en línea de meta cuando, cronómetro en mano, picaba (en argot atlético) las series de velocidad en el más crudo invierno. En esos momentos, mientras yo tiritaba de frío, mis atletas corrían casi al cien por cien de sus posibilidades para trasferir aquella fuerza, hecha con hierro, a sus privilegiados haces musculares. Y digo privilegiados porque ellos eran un grupo de alto rendimiento y había mucha calidad fisiológica en sus piernas y mucho corazón en sus esfuerzos.

La entrenadora, que era yo, hizo saber que sus pensamientos de técnico son demasiado estudiados como para discutirlos. Eso parecería  ridículo y constituiría una exhortación a la sátira si la que hablaba no fuese la jefa. Las palabras de un entrenador están abaladas por muchas horas de trabajo y de estudio, de consecuencias aceptadas por ensayo error y de experiencias personales meditadas, por eso cuando llegas un día a la pista y tus atletas te dicen:
-¿Jefa, podemos cambiar  este entrenamiento? -En principio, di que no.

Los que dirigen un grupo de egos, condimentados con mucho esfuerzo y salpicados de éxito, deben de madurar con urgencia y esquivar los delirios de grandeza; y además deben de ser lo suficientemente inteligentes como para saber que la falta de empatía destruye cualquier autoridad. Lo sensato y lo ético es tener pocas normas pero claras, y mantenerlas; amén de tratar bien a la persona que habita en ese cuerpo al que buscas sacar el mayor rendimiento posible. No tienes que ser su amigo, tienes que ser su ENTRENADOR.

Ponerse las zapatillas de clavos es todo un ritual, el aire rozando tu cara y tú, volando sobre el mondo. Estamos fascinados con el ruido, los olores y las sensaciones de la competición. La clave está en aguantar la máxima velocidad, el mayor tiempo posible y es un gustazo deslizarse por la pista. Los muslos,  los abdominales, tus pensamientos y tu capacidad de lucha se ponen en liza. La velocidad que alcanzas cambia las condiciones y el ácido láctico altera las referencias, te olvidas de los pies y debes de enfrentarte a tus límites.
El trabajo físico ya está hecho y ganará el que tenga más sangre fría. Experimenté esas sensaciones como deportista pero las repetí como entrenadora; se trata de acompañar al atleta, mantenerse en un estado de ánimo igual al suyo para conducirlo a ese límite. Tú como cabeza pensante buscas el perfeccionamiento de la técnicas y exiges una voluntad de hierro. El atleta está dispuesto a morir por conseguir un record y le pone alma al Citius, altius, fortius, el lema que inmortalizó el Barón de Coubertain. Y es que más allá de frivolidades, lo rápido que seas capaz de correr  dice mucho sobre tu entrenador sin que pronuncies palabra.

Los veranos son abrasadores. Lo que entendemos por verdad se relativiza y la vida gira en torno a la pista convirtiéndola en el lugar donde se robustecen los egos. Mirando a todas aquellas personas que corren a tu lado te preguntas, con una curiosidad loca, que clase de vida llevarán, a quien amarán y  por quien llorarán. Algunos de estos personajes te fascinan, otros son sencillamente normales, pero flota en el aire un efluvio exquisito que te hace sentirte ávida de sensaciones, y entonces no puedes menos que decir, que aquella pista mágica, de suelo rojo y espíritu noble, da cobijo a guerreros generosos con objetivos espléndidos, pero seguro que ese ambiente también tiene algo inimitable que te marcará para siempre.

Mi experiencia en la vuelta a la pista está llena sabiduría heredada, de anécdotas y curiosidades, algunas de ellas son simples detalles, otras son historias en sí mismas, pero todas tienen gran valor  y han marcado las fronteras de mi corazón. Conducir a mis atletas al límite, al éxito, y luego sentirme orgullosa del trabajo bien hecho era el objetivo, y todos juntos hemos conseguido que el mito se perpetuase.

A veces la lejanía del tartán me duele y busco sus huellas, pero me digo a mi misma que puedo ahuyentar el desasosiego si me concentro en lo que hago, o en separar los ruidos de fondo, de la vida. Y de pronto me llevo una sorpresa; nunca había pensado que pudiera haber música en una pista de atletismo, pero la hay, sí  que la hay para quien sabe escuchar. Voces, cantos, lloros, silbidos, disparos de fogueo, chapoteos en la ría, pisadas sobre el tartán, extrañas pulsiones y todo esto encuentra un lugar sin proponérselo y se combina para formar una sinfonía vibrante y en continuo movimiento.

No seas tan rápido en juzgar, todas las personas tenemos una larga historia; mira hacia adentro y recuerda la hermosura de un entrenamiento acabado, una marca personal conseguida o una carrera ganada y cuando lo haces te sientes parte de algo mucho más grande y te invade una sensación preciosa de gratitud por estar vivo.

Y acuérdate que el espíritu del atletismo, NUNCA TE ABANDONARÁ.
El espíritu del Atletismo, NUNCA TE ABANDONARÁ.
Ana García de Loza.



DESAMOR A RAUDALES


Desde tiempos inmemoriales resulta un artículo de fe considerar  más feliz a quien más amó, y yo, estoy en desacuerdo ya que aun no teniendo argumento real, lo nuestro, ha sido algo intenso, romántico, subido de tono y lleno de matices filosóficos; matices que necesitaba esta alma mía para no desintegrarse podrida de realidad  y totalmente falta de la dosis de romanticismo que, a mi modo de ver, todo humano necesita. Y es que felicidad propiamente dicha, este amor, no me ha proporcionado.
Y ya que estabas, necesitaba hablarte.


No sé cómo lo hiciste pero apareciste para recordarme que la vida con ilusión es más interesante. Pero este era un amor de fantasía y lleno de emociones del que yo sabía, no saldría viva. Aun así, decidí apostar por él, y aposté la tranquilidad, el conformismo y, sobre todo, puse en liza la paz de mi mente.
Durante un tiempo tuve la sensación de que jugabas mi juego; te gustaba sentirte querido sin dar nada a cambio y te movías de tal forma que, solo yo, entendía tus movimientos. ¿O sería mentira también eso? 
Y a cada momento te quería más  y tú cada día te interesabas menos y entonces pensaba: Cuando eliminas lo imposible todo lo que queda, aunque parezca improbable, debe de ser la verdad. Y así iba mi obsesión por ti envolviéndome en una espiral interminable de paradojas que me sesgaban la mente.

Entre los pensamientos que antes ocupaban mi imaginación y los que ahora ha engendrado tú indiferencia han trabado una lucha titánica. Ahora bien, lo que  siento me recorre como un torbellino. Otras veces pienso que el amor no existe y me cago en todos tus muertos porque sufro por nada y para nada. Y vuelvo a recurrir a la filosofía para que aplaque mi ira y multiplique mis posibilidades; y no es precisamente porque se haya agotado este sentimiento, que anda en el fondo de mi cabeza enmarañado e indeciso, sino porque me aburre querer a una alucinación.

Aunque sé que tú nunca verás mis cartas, yo escribo para que me lean; en la mayor parte de las ocasiones lo hago para encontrar la paz; en otras, las menos, escribo para buscar mi pedacito de gloria pero podría decir en honor a la verdad que durante muchos años escribía solo para ti. Y si preguntas por qué, no lo sé. No sé por qué te pensaba ni mucho menos sé qué hacías en mi imaginación. No ocupabas espacio físico pero estabas. No siempre, pero estabas; y ya qué estabas necesitaba hablarte.

Algunas veces me intrigaba saber que habrías pensado de mí a lo largo de estos años. Supongo que me tildarías de obsesiva, que lo fui, o en el mejor de los casos de extravagante, porque he barajado más opciones pero de esas no quiero ni hablar. Y es que  me dejaba llevar por emociones intensas que resultaban bendiciones de deleite y magnetismo y todo esto sin haber cruzado contigo nada más que miradas. Así que con esta carta pretendo aplacar mi fantasía  y a la vez ensalzar los goces que dan sentido a la existencia, aunque a menudo una actitud acaba excluyendo a la otra. Pero también pretendo profundizar en los márgenes de la libertad para amar, que  por otro lado son escasos y casi siempre pecado. En definitiva, en la  carta sentimientos  y vida real entran en conflicto y llegamos a la conclusión que un amor imposible es un amor que siempre perdura. Tengo constancia de que a pesar de la realidad la gente seguirá teniendo ilusiones, añorando amores y desoyendo verdades pero como decía Cortázar, pobre del amor que del pensamiento se alimenta.

El hecho de que no te hubieses manifestado, para  decir  lo que ya estaba claro, supuso un desencanto en mi fantasía y,  tú, descendiste a los infiernos. Pareces, despojado de tu entelequia, físicamente exiguo, tan poquita cosa, tan aburrido, tan predecible y sórdido que ya no serás nada sin esa pátina de embrujo que yo te añadí.
¡Que Dios se apiade de tus restos!

Y con esto queda cerrado el ciclo monocromático de una devoción. Has sido un paréntesis mágico  y aunque afuera el mundo ruja o se adormezca; los hombres vivan o mueran; unos amores perezcan y nazcan otros, aun así, debes de tener claro que como yo te ha querido, desengáñate, así no te querrán.
La elegancia de las palabras y el embrujo que me corroe, contra la triste indiferencia y  los juegos de adultos a los que juegas con cartas marcadas de poder y dinero. 

Nada puedo hacer ante tu puñetera apatía por eso  necesito desesperadamente el arte. Aspiro con ardor a recuperar la ilusión espiritual, deseo con pasión que algo me salve de los destinos biológicos, de la vejez, del desamor, del aburrimiento y de la rutina, por eso me aferro a la poesía de este mundo y a la literatura del día a día.


                                                                Ciao, amore.
Deseo que algo me salve  de la vejez, del desamor y de la rutina por eso me aferro a la poesía de cada día.

      Ana García de Loza



LOS NIETOS DEL DIABLO

Espero que os apetezca leer mi próxima novela: Los Nietos del Diablo.
La fotografía de  Ana García de Loza


A continuación tengo el gusto de presentaros una parte de un capítulo de mi próxima novela que se titulará, Los nietos del Diablo, que será publicada por Camelot, y que verá la luz allá por el mes de marzo de 2020. ¡Os gustará!

"A pesar de viajar como una persona privada de libertad, y hacinado como sus compañeros en la parte de atrás de una camioneta, el viaje hasta Galicia tuvo su encanto. Los prados surgieron de pronto recordándole a Celucos, donde a saber qué harían su madre, de la que ya no sabía nada desde que lo metieran preso, y sus hermanos  que también estaban entre sus mejores recuerdos. Cuando el que iba sentado a su lado se inclinaba hacia adelante él, estirando el cuello, podía ver a lo lejos los  húmedos bosques de robles que se diluían entre la espesa niebla del atardecer. La camioneta se había parado en mitad de un pueblo y oyó como un perro ladraba y paraba de pronto, para ladrar de nuevo con más ganas diciendo quién sabe qué. Una de aquellas veces que su compañero se echó hacia adelante garabateó un nombre en el cristal de la ventana. Escribió la palabra, JESUSA, con todo esmero pero las letras se convirtieron enseguida en minúsculos regueros que se deslizaban serpenteando hacia el marco de la ventanilla del camión. Su compañero le mandó apartar para acomodarse cuando el nombre de su madre ya se había convertido en un jeroglífico indescifrable así que lo borró suavemente con la palma de su mano y el frío impasible del cristal consiguió respigarlo entero, y él, que no era de muchas intuiciones, entendió que su madre debía de estar enfadada. Entonces, y por un momento, recordó su niñez llena de hambre y encanto a partes iguales, cuando sus hermanos y él mismo eran amigos de las nubes, porque encima de ellas, cabalgaban a horcajadas, las leyendas de la infancia que venían hoy a joderlo aprovechando la niebla espesa.

Con la vista perdida en el infinito y los miedos martilleándole la cabeza observaba los húmedos bosques de robles que desfilaban ante sus ojos a velocidad de rayo. Y pensaba en la despedida de Paulita tan silenciosa pero tan intensa. ¡Cuántas cosas se dijeron sin palabras mientras, José el de Loza y Benigno de la Sierra, esperaban para acompañarlo a la salida del pueblo!

Tanto para él como para los demás reclusos asturianos, porque cántabros eran muy pocos, la noticia del indulto fue recibida con gran alivio. ¡Que atrás quedaba Loro! Habían llegado a Celanova hacía mil años y desde entonces estaban en el viejo monasterio de San Salvador de donde pasado el tiempo saldrían en libertad para buscar sus vidas perdidas"
                                                                                            Ana García de Loza

LA FLACA


Adoro esas múltiples formas que permiten al mundo mágico encajar en nuestra vida cotidiana. Una de esas formas  podría ser una canción; y además, yo creo en las leyendas; siempre he creído en las leyendas; por eso ahora os voy a contar una.
La Flaca.

Amanecía entre las nubes, y desde allí, observé como se dibujaban los perfiles de la ciudad. 
Había llegado aquella misma mañana y paseaba por la Habana Vieja, en esa hora teñida de normalidad, demasiado humana y excesivamente  carnal. 
Los sonidos de una vida burbujeante lo envolvían todo y llegaban hasta el mismo centro de mi creación. ¿Qué dónde lo tendré? Lo ignoro, pero lo seguro, es que esta ciudad enerva mi espíritu y me hace sentir parte de un algo más grande.

Las mujeres, y sus irrelevantes trajines, llevaban el ritmo en las caderas aunque los cubanitos de a pie también comen, también van, y también vienen. Y yo, mientras esperaba, observaba a la muchedumbre. Esperaba, pero no sabía qué.

Andaba arriba y abajo como perro sin dueño; buscaba pausadamente y también  imagino, que adornado por la concupiscencia de mi sonrisa y envuelto en mi habitual  transparencia, tendría cara de tonto. No conseguía sacudirme la idea de ser un don  nadie. ¡Puta sensación! Quiero que me miren estas bellas damas; quiero sobre todo que me vean; qué noten mi presencia.- ¡Pero si yo soy importante!-Me fustigaba.- Me llamo Pau y cruzaré el mundo cantando.- Existían tantas fábulas alrededor de aquel Malecón que me revolvería con justo encono si no fuese capaz de plasmar, aquí, alguno de mis sueños.

Y ahora, mírenme, convertido en caballero del reino de la fantasía. Siempre digo que, La Habana, es una ciudad donde el amor habita en cada esquina. Quererse bajo lluvias torrenciales, en medio de ciclones, bajo los truenos, las amenazas de guerra y las movilizaciones, es el mejor arte de los isleños. Y, este amor, parece su salvavidas diario. El amor, esa especie de fiebre de trasmisión genética que los posee, y contra la que nunca van a pelear.
Para ellos cada puesta de sol es una nueva invitación que inunda la ciudad de tintes rojizos; es un despedirse sin querer; un alargar adrede la partida; como un beso que se disfruta con complacencia. Y en esas andábamos, cuando entramos en aquella mansión cuyo jardín, frente al mar, vaticinó nuevas sensaciones; cosas diferentes. El club 1830 y aquel vergel Gaudiesco me robaron la poca cordura  que me quedaba.
Lo cierto es que, Jarabe de Palo, habíamos  llegado a la isla para inmortalizar nuestro Lado Oscuro y aquella noche en La Tasca tuvimos una visión; Alsoris Guzmán.
Dice Fernando Pessoa que “una puesta  de sol es un fenómeno intelectual”, y yo digo, que el sol no dice adiós igual en todas partes. Ver al astro rey desaparecer en este Malecón es un espectáculo único; pero tampoco a ella la podremos olvidar; tremendísima mulata. Los que la hemos visto no la olvidaremos; a ella, nunca. La Flaca me arrastró a uno de los romances más intensos que se puedan vivir.
Una diosa de ébano que me hipnotizó y, la misma deidad, encumbró mi sueño. Cuando la noche la hizo inmortal, Alsoris, se fue de mi lado y el sol se despidió lentamente; mientras tanto, las sombras y los fantasmas de mi corazón comenzaron a salir y se adueñaron de la ciudad.
Envuelta en un vestido rojo: ¿Acaso habría sido una aparición? Al punto, la he necesitado. Una noche tras otra trataba de adivinarla entre la multitud; miraba con ansiedad las caras que se me ofrecían: guapas, feas, jóvenes, viejas, amadas o amantes; pero nada. Yo seguía deseándola en cada rostro; buscándola en cada semblante: Por un beso de la Flaca…
Me sigo llamando Pau, pero  la exultante verdad es que no solo en la actualidad sino en todos los períodos de la historia, nos tropezamos con la evidencia de que las mejores obras, siempre sin excepción, poseen un tinte autobiográfico; por eso, después de haberla amado, en uno de esos momentos en que la desazón me acogotaba, llegó hasta mis dedos la inspiración para curar aquel sentimiento de corazón descalabrado.Y escribí esta canción. La escribí con el mismo trato preferencial que se le da a los amores con fecha de caducidad; con el mismo trato que se les da a los amores imposibles. Es cierto que todo cuanto de mi salió encontró su camino por amor, por placer o por justa cólera. Y en estos pentagramas, que hilvanan con finos hilos las inquietudes que me corroen, mis sentimientos han llegado con nitidez a su destino.

En la vida conocí mujer igual a la Flaca ¡Oh, la Flaca! ¡Mi Flaca! ¡Mi dulce Flaca!

                                  Ana García de Loza.
 
Jarabe de Palo.




¡QUE DIFÍCIL CREER EN TI!


Creo que una de las mejores formas  de inmortalizar los sentimientos es convertirlos en literatura, lo que daríamos en llamar la literatura de los sentimientos. Teniendo esto en cuenta y considerando que en el amor como en la historia no hay verdades absolutas porque sabemos que el corazón hoy dice que sí y después de un tiempo duda  y llora y dice que no, entonces pesamos: como se burla de mí. Y el sistema nervioso dialoga con él; para nada  porque  no lo puede controlar.
¿Era adolescente o todo se repetía?
Y encuentras a alguien que no merece tu amor, pero tú vas y lo derrochas  y te enajenas mentalmente, olvidándote de  que no habrá nadie en todo el universo que merezca ser amado  más que tú.

Debe de ser parte del proceso de crecer, eso de enamorarse y desenamorarse otra vez.

La playa estaba solitaria cuando llegué y en la arena no había ni una sola huella, la marca de la marea alta estaba sembrada de una línea difusa  de algas y trozos de conchas,  y  el mar que yo quería, parecía un embalse oscuro  enorme y silencioso  barrido de vez en cuando por la luz del faro de Ortiguera.
Ella no estaba allí  así que no había nadie  al que pudiera acudir para preguntarle donde estaba la frontera entre el amor y el desamor en un mundo prosaico. No creo que mi madre supiese de donde había sacado yo esas ideas. Yo tampoco lo sabía. Era como si hubieran nacido dentro de mí, como si hubieran surgido mientras corría o mientras miraba la espuma que hacían las olas del mar.

Y este  otoño  el nordeste había llegado pronto. El nordeste que había azotado el mar  hasta provocar las olas que tanto me gustaban y me asustaban  a partes iguales y  que dejaron el muelle vacío.
Yo no podía entender que el amor se acabase con tanta facilidad  aun después de haber sido tan intenso; igual  me pasaba con los cambios del mar. Me quedé mirando la lluvia y el agua enfurecida ¡Que difícil creer en ti!

Era adolescente, ¿o todo se repetía? No sé lo que diría mi madre pero yo siempre amaría con las palabras.

 
¿Era adolescente o todo se repetía?