VUELAN LETRAS


Alguna influencia sutil ha pasado de él a mí, y el milagro que siempre había estado buscando, y que siempre se escapaba, llegó a mis manos. No pretendas conocerlo porque es, simplemente, un motivo artístico. No podrás ver nada donde yo veo todo. No existe nada más presente en mis palabras, que lo que no está. Él, es la sugerencia. Le veo gracia, sutileza, y ha puesto letra a cierta herejía, de la que nunca he querido hablarte.
Y los libros son el puente que une las dos mitades de mi vida.
Foto de Cristina Tellechea, periodista,profesora
y un encanto de mujer.

El día había amanecido gris, como la mañana que te vi por primera vez. El borde del sol empezaba a asomar por el horizonte, iluminando de rojo los árboles del fondo del pueblo. El pasado nunca es suficiente para quien busca un futuro, y los libros son el puente que une las dos mitades de mi vida, como lo habían sido siempre. Me desperezaba con pensamientos inconexos; más que pensamientos, eran sensaciones que no habían pasado el filtro de la razón.

Creo que hemos perdido el sentido abstracto de la belleza, y no, no me tiene simpatía. Le adulo de una manera exagerada. Hallo placer diciéndole cosas que no debería  de decir, e incluso así, no me arrepiento, porque son verdades indiscutibles.
Por lo general me ignora. Parece como si hubiese dado toda mi alma a alguien que no me trata ni como un adorno. Creo haberte dicho que soy una condecoración silenciosa que halaga su vanidad.
La frustración y las emociones encontradas se alejaban cuando pasaba las hojas y me dejaba llevar. Entonces volaban las letras. Las ofuscaciones esperaban agazapadas en los silencios de la familia,  o en cualquier rincón, y tendían trampas que obligaban a recordar. La palabra clave aparecía en el impacientarse de los pájaros, que anidaban en la palmera cerca de la ventana de la habitación, entonces, buscaba las hojas para garabatear en ellas y necesitaba tu respuesta. Cualquier respuesta. Pero la necesitaba con la misma imperiosa necesidad con la que devoraba las páginas del insólito libro.

Aquel extraño manual hablaba desaconsejando la prudencia. Hacia citas desdeñosas del tratado de la cobardía, o su semejante, el sentido común. Yo no escuchaba. Estaba libre en la cárcel de la pasión. Luego la sabiduría cambio de método y se puso a hablar de indiferencia y clases sociales.
Seguía avanzando. Una hoja tras otra; imposible detenerse. Un momento para despejar. Después,… horas  sin principio, seguidas de horas sin final.

Han pasado unos años desde esta anécdota, y los efectos narcotizantes de la obra se han esfumado. Aun así, no quiera Dios, que mi príncipe esté quedando destronado;  que al mirarse en el espejo de la vida, vea reflejada la cara de un ente pusilánime que se limita a cumplir órdenes, o en el mejor de los casos, que reacciona solo a las conveniencias. Tengo la poderosa impresión de que guarda un secreto y nunca se ha dejado llevar por el corazón. Inmediatamente me pregunto, adónde me llevará la imaginación.
Hasta ahora no he podido comprender porque lo seguí. En ocasiones no me entiendo,  pero si no lo hubiese hecho, si hubiera pasado de largo, me habría perdido una fantasía grandiosa. Ya veo que te estas riendo. Eres imposible. Aunque te haga gracia, tengo que decirte que siempre seré diferente, que estaré atrapada por la imaginación y  que invariablemente seré capaz de construir un mundo maravilloso alrededor de un hecho cotidiano.

El pesado olor del incienso parecía pegarse a las páginas y turbarme el cerebro. La cadencia de las frases, la historia en sí, tan llena como estaba de tendencias sugestivas, producían en la mente una especie de ensueño que me hizo perder la conciencia de la caída del día y del avance de las sombras. Luego, después de que me recordaran varias veces lo tarde que era, me levanté, y pasando a la habitación contigua coloqué el libro sobre la mesita, que siempre estaba al lado de la cama, y empecé a vestirme para la cena.

Las luces del pueblo hacían señales entre los eucaliptos y las zarzas del jardín. Mi madrina estaría sentada en el salón, leyendo. La luz de la lámpara brillaría en el broche que llevaba en el pecho, quizá verde, o quizá, todavía el rojo que se puso el domingo anterior para la misa.


Muchas veces la convivencia con el amor, nada tiene que ver con los estados catatónicos del enamoramiento; y si, tiene mucha relación, con la capacidad para gestionar emociones. Entre estas aguas tan turbias nos movemos los humanos, saboreando sensaciones tan finitas o infinitas como seamos capaces de imaginar. Todos leemos en el libro de la vida y a veces nos encontramos capítulos  de indiferencia e incomunicación difíciles de  tragar.
Yo no escuchaba. Estaba libre en la cárcel de la pasión. Adoramos a  los libros. Siempre.

EN BLANCO Y NEGRO

En esta vida me alineo con los que cuentan historias, con los que usan y disfrutan de las palabras. 
Miles de palabras enamoran mi mente.
Foto María Esther Fernández
 y
Clara Valdés
Me gusta percibir como trascendente lo baladí y creo que casi todo, casi cada día, es trascendente. En el fondo siempre subyace el afán por contar; algunas veces historias sin principio, otras veces historias sin final, pero quede claro que no soy escritora. Parece que nunca llegaré a serlo. 

Sencillamente paso por amanuense de las miles de palabras que, a menudo, enamoran mi mente. No es menos cierto, que  me sorprendo, en cualquier momento, garabateando en toda suerte de papeles para no olvidar la  última idea que me haya hecho la corte. Y aunque ya tengo una edad considerable y se  turba mi memoria inmediata, sigo teniendo emociones.

No sabía lo que debía de hacer, ni muchísimo menos sabía lo que sería capaz de hacer. Me había visto caminando en círculos pequeñitos, que no llegaban a ninguna parte, y me entraban dudas sobre, si lo que padecía con paciencia, era obsesión o pura intuición. Como consecuencia, había llegado la conmoción acompañada del convencimiento, por enésima vez en los últimos años, de que iba a dejar de soñar. No soñaría contigo, no soñaría con mis padres vivos, ni soñaría que volaba.
Y  recuerdo los sueños con todo lujo de detalles.

Volaba a unos metros por encima del suelo, entre las copas de los eucaliptos que protegían la cuesta desde donde se accedía a la casa. Seguía discurriendo por el camino dando la vuelta al edificio para entrar por la puerta principal. Subí  las escaleras y sentí el resguardo de un sitio cerrado, pero pegada al techo. Noté el colorido de las flores, que mi madre cuidaba con esmero, colocadas con mucho orden en el muro interior, matizado con pintura plástica, mitad blanca, mitad gris. Entonces los vi, y sin saber ellos que estaba allí, se les notaba en la cara que me querían. Pensé, persuadida por esa enseñanza extraña que aportan los sueños, que debería de valorar  con más  conciencia aquellas relaciones que pierden lustre por el uso. Un sueño.

A veces en ráfagas de atemporalidad sentía amor, la suerte de haberlos tenido, y su proximidad, pero era difícil mantener el interés constantemente.

Alas sobre la casa ancestral que se había convertido en uno de los lugares emblemáticos de mi vida. Muchas emociones confluían para formar la imagen de mi madre y el entorno en la vivienda familiar como un lugar con identidad propia. Su naturalidad y la ubicación en una zona aislada y pintoresca, en la que se había integrado a lo largo de los años, hacía que quienes llegaban a visitarnos se sintieran sorprendidos y atraídos por su  personalidad  y embrujo.

El paso del tiempo es mi último desvelo Seguí soñando y viendo los efectos de ese tiempo en las caras, en los cuerpos y en las actitudes. Aun así, Álvaro Urquijo y su grupo eran capaces de hacernos pasar un buen rato reviviendo sensaciones de camaradería grupal, de inmortalidad juvenil, y de vida después de la media vida. 
Se generaron momentos de tanta comunión con el ambiente que se desvaneció todo lo que pudiera parecer desajustado en nuestras almas, para convertirnos en parte de aquellas historias. Por la calle del olvido vagaban tu sombra y la mía, entonces alguien sonríe y me agarro fuerte a ti,  porque ahora no persigo sueños rotos, y sé, que la locura se está quedando dormida. Olvidé que tuve una ilusión, y me ganó la fuerza de un espejismo. Bien por Los Secretos, y mejor por la agradable compañía de Anita Vega y Claudia G. Lacazette. Sigamos existiendo chicas.

Todos tenemos algún secreto celosamente guardado entre los hilvanes de nuestra piel. Cuando conoces algo prohibido de otra persona, de algún modo, tienes la llave de su comportamiento. En las profundidades de las emociones viven los héroes, y en la corteza de los sueños los gigantes. Tú eres la estrella; el más amado por los dioses; de la familia de los héroes. Me gusta soñar,… es mi secreto. Dime el tuyo.

A saber, este curso, algunos de miss abnegados compañeros, deportistas todos ellos, y yo, trabajamos hasta finales de julio. 
Si se os ocurre algún motivo coherente para hacernos una visita, estaremos encantados de veros.
 
Entre tú y yo hay una linea que no sé escribir.



ANIMULA


Si conoces este lugar, considérate afortunado.

La presencia en la ausencia es por  la palabra. Este recurso del pensamiento evita la desaparición y el olvido. Y más cuando sabemos que el lenguaje permite, por la reflexión, hacer vida de las cenizas. Y cuando las palabras no alcanzan, para eso está la poesía, cual hilo de Ariadna. Para incluir en páginas  de la vida lo que los ojos no ven ni roza  el tacto  ni el corazón  recita en salmodia a lo divino: animula vagula blandula …“Animula, vagula, blandula / Hospes comesque corporis / Quae nunc abibis in loca / Pallidula, rigida, nudula, / Nec, ut soles, dabis iocos…” “ Mínima alma mía, tierna y flotante / huésped y compañera de mi cuerpo / descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, / donde habrás de renunciar a los juegos de antaño.”

Amor constante más allá de la muerte, corazón. 
José Fernández.I.N.B.Q

GENTE INFINITA

Parece como si, con un atuendo exquisito, y al son evocador de la guitarra, todas las emociones del mundo estuviesen desfilando en pantomima aquí delante.
Todas las emociones del mundo, desfilando aquí delante
Foto de Marta Martínez
Estoy en un rincón de la sala y va mi pensamiento en busca tuya. El recuerdo es ahora  mi guía, pero ya no sé  si tengo fe. Por un momento tuve intenciones de rezar para que cesase la horrible compenetración que existía entre mi memoria y tu imagen; poder disfrutar tranquila de la velada, y que dejases sitio a emociones nuevas. Pero ¿quién que supiera algo de los ciclos de la existencia, iba a renunciar a la oportunidad de permanecer siempre vivo, por cargada que estuviese de consecuencias dicha oportunidad?

La luz de las enormes lámparas del techo iluminan la noche. Cada año vivimos la misma situación, y cada año resulta tierna y diferente.
Los personajes iban llegando al lugar. Engalanadas ellas, informales ellos. Inmersos en el camino de la despedida; temiendo la calle del olvido y llenos de inquietud por la vida que vendría a sorprenderlos con nuevas situaciones y diferentes realidades. Apurábamos las últimas horas juntos, porque como decía la abuela, lo que más rápido corre, es el tiempo. 

Historias que se van. Momentos que quedan. Amigos que nunca nos  olvidarán. El placer de haberlos acompañado en su singladura por el mar tranquilo de la infancia, y las aguas más turbulentas de la adolescencia, se hace patente en los abrazos. Juventud eterna; pasión perpetua; secretos a voces, y, devoción  sin condiciones. Gente infinita.

Toda conversación que se realiza con sentimiento es un retrato del que habla. El dialogo es tan solo la ocasión en la que el hablante se retrata en lo que dice. Después de llevar un rato platicando con aquellos chicos ya sin uniforme, espontáneos, auténticos, e intelectualmente entretenidos, me di cuenta de que allí estaba a gusto.

No quiero que nadie me hable en demasía de la gente, me gusta descubrir a las personas poco a poco y por mí misma. Establezco escasa diferencia entre los humanos; elijo a mis amigos por sus buenos sentimientos, a mis conocidos por su buen carácter y a los enemigos por su inteligencia. Uno nunca es suficientemente concienzudo en la elección de sus enemigos. No tengo ninguno que sea tonto. Son casi todos personas de cierto enjundia intelectual y en consecuencia todos me aprecian ¿será esto una fatuidad mía?

Sobreactuar en tono y ejecución, es mi naturaleza. Me encanta tener amigos de diferentes idiosincrasias, y me  cautivan las canciones en francés. Es una suerte poder descubrir muchos tipos de temperamentos diferentes e ir aumentando la colección año tras año. Tantas personas, que portean tantos mundos a sus espaldas, enriquecen a los que se paran a mirar. Poder interactuar con ellos a niveles profundos y anhelar el sabor de lo nórdico solo como dato curioso, es un hecho significativo de algo, no sé exactamente de qué. Al final, me quedo con estos españolitos que dentro de unos años, no muchos, regirán los destinos en un país de farándula y pandereta, pero también de mentes despiertas e ideas brillantes.

Creo en las nuevas generaciones…

Pero, nunca me fío de lo que dice la gente ordinaria, ni me interpongo en lo que hace la gente encantadora. Si una personalidad me fascina, cualquiera que sea el modo de expresión elegido por esa personalidad, me resulta absolutamente deliciosa. Por eso, cuando emergió de entre los invitados aquel agudo intelecto, zigzagueando entre brumas de aprecio y camaradería, tan familiar a mis ojos como los pinos de la entrada, con sus lentes redondas y su áurea de despiste, para sorprenderme con una declaración de devoción imperecedera, quedé fascinada. Impactada, y enamorada del género humano. Gente maravillosa.

Amar a quien no nos ama, porque si no, ¿dónde está la misericordia?

Dicen por ahí que llenando una copa de balón con hielo, añadiéndole Bombay Sapphire, y sumando a la mezcla, tónica Fentimans, resulta una pócima medicinal, que sin saber absolutamente a nada, te devuelve la  tan idolatrada misericordia, y te repone la caridad cristiana.
Tómate uno y hablemos.

Me gustas, porque eres, como creo debe de ser el mismo amor.

 
Juventud eterna, pasión perpetua. En la foto Carmen Luengo,  María Sordo, Mª Antonia Lorenzo, Lucía Gómez, Claudia Armas y Carmen Suárez. Gente Infinita

BIENAVENTURADOS LOS QUE AMAN


Los que encuentran un sentido feo en las cosas bellas son unos corrompidos. Aquellos para quienes las cosas bellas solo significan belleza, esos, son los elegidos. Para ellos hay esperanza. Se acomodó
Esto es para ti. No pienses. No deduzcas.
Es un  regalito  sin pretensiones.
en el diván. Pensaba en una mujer, cierta dama, que se había empeñado en que contase su historia.

Eran las cuatro de la tarde y el reloj se puso a alborotar  justo cuando ella entró en la sala y cruzando los brazos sobre el pecho, se arrimó contra el marco ¿Puedo fumar? dijo con aire contrito, quiero que lo cuentes. El qué, interrogué con la media sonrisa que se pone en la cara de quien se ve sorprendido por una situación. Tú solo escucha. Cerró la puerta del jardín. Hablaba lentamente;  las palabras parecían brotar  casi en contra de su voluntad.

Estábamos en la iglesia rezando por el tío, empezó, y sentí de pronto que alguien me estaba mirando. Di casi media vuelta y lo vi por segunda vez. Cuando se encontraron nuestras miradas, me temblaron las piernas. Tuve el poderoso pálpito de que me habían atrapado el corazón. Afuera, el seco rugido de la autopista era como la nota de bordón de un órgano distante, y mientras, revolvían el café que habían servido en el salón. La  insólita mujer continúo su relato. Los que escarban bajo la superficie lo hacen por su cuenta y riesgo, y de vez en cuando, aparecen sombras de fantásticos truhanes.

Comprendí que detrás de mí había alguien cuya mera existencia resultaba fascinante y si el destino no lo evitaba, llegaría a absorber mi naturaleza, mi irrealidad, mi alma, e incluso cautivaría mis palabras; como así fue. Mi vida estaba bien como estaba. Estaba bien, repitió; aunque en aquel momento no tuve conciencia y di un paso adelante pero él, dio un paso atrás, y entonces entendí que la conciencia  y la cobardía son en realidad la misma cosa, o en el mejor de los casos, un buen parapeto para la timidez.

Así que me he acostumbrado a amar en secreto. Es el único hecho imaginable  para que la vida resulte misteriosa. Lo más trivial del mundo se hace delicioso con tal de que uno sepa ocultarlo.

Podría tratarse de una situación no muy extraña, le dije, eres consciente de la cantidad de cosas que no han pasado nunca, y podrían haber sido. Tu cinismo es simplemente una pose exclamó, echándose luego a reír, y con el sabor del último sorbo de café, salieron juntas al porche y se acomodaron sobre un banco de madera, de sequoia californiana, que se hallaba a la sombra de un arbusto de laurel.

¿Juanito?, pregunté con calma y mirándola directamente a los ojos. Has pensado que si retrato demasiado de ti misma, puede que algunos de tus amigos se asusten de lo que escribo y piensen que hay mucha realidad en el papel. En mi defensa siempre puedo alegar, adujo, que abusas de la imaginación, o que el gran problema es sentirlo, luego sacarlo al aire da igual, porque ya  ni ofende, ni mancha. Ahora bien, eso es pueril. Además no tengo  tantos amigos, y menos, que me conozcan en profundidad. Volvieron las risas debajo del arbusto.

Al vivir su indiferencia, no entendí como querían en su mundo. Tuve la extraña sensación de que el destino me reservaba goces exquisitos a niveles puramente  oníricos y me estaba ofreciendo, en bandeja de plata, la excelencia en el sentir. Me asusté.

Sabes que de cuando en cuando nosotros, los pobres humanos, tenemos que mostrarnos en sociedad para recordarle al mundo que  no solo somos parias. Así que con un traje de etiqueta y unos buenos tacones, como tú misma me dijiste una vez, pude adquirir aspecto de persona civilizada. De pronto me vi cara a cara frente al hombre cuya personalidad me había conmovido tan extrañamente. ¿Y? le volví a preguntar esta vez realmente interesada.

Esto pasó años después del primer encuentro, un amigo común nos presentó y ambos nos hicimos los desconocidos; bueno al menos yo me hice la nueva. Estábamos muy cerca el uno del otro, casi rozándonos; veía sus ojos fríos, sentí el roce de su cara adusta y aunque algo sugería que no me lo pondría fácil, me trasmitió calidez desde algún recóndito lugar de su ser. Cuando desapareció, se bajó el telón de una interesante escena del teatro de mi vida. Seguí pensando en él con aquella deliciosa inquietud y la fantasía de que algún día me tendería su mano. Resulta sencillamente inevitable.

¿Y desde entonces? …Desde entonces, sigo esperando. La curiosidad, el deseo de nuevas experiencias, o lo que hubiera en esta historia de puro instinto sexual, se ha trasformado por obra y gracia del tiempo en algo que parece estar muy lejos de los sentidos; algo que por esa misma razón, se torna mucho más exclusivo. Se levantó y miró al fondo del jardín, por encima del respaldo del sillón en el que su amiga se sentaba a leer en verano. Estaba cayendo la tarde y  trasformando en un melancólico  gris oscuro, el horizonte.

¿Qué quieres de él?, pregunté con un brillo especial en la mirada, mientras, se había puesto a llover y el olor a tierra mojada en primavera y a pura emoción de la vida, llenó el aire. Jugaste con una idea que  poco a poco tomó ímpetu a base de fantasía, y alas a fuerza de paradojas.

No, dijo ella, ni fantasía ni paradojas, ya no queda nada de eso. Sólo sentimiento. Y no sé de qué se alimenta.

Insisto y le digo a Muriel que bienaventurados los que aman, porque para ellos las cosas bellas, sólo significan belleza. Siguieron hablando, entre tanto, la noche continuaba su curso soportando la carga de las pasiones humanas.

Entiendes que los enamoramientos fuera de lugar aburrirán a los que lean esto. Probablemente, casi susurró, pero como ella dice, somos un sueño imposible que busca  en la noche  y además, esto es un regalo.
Feliz cumpleaños.

PD. Siendo hoy dos de junio, les digo que esta publicación debería de haber visto la luz hace, exactamente, diez días. Pero he estado imbuida en arduas negociaciones para solventar tu regalo Nº 2. Todo arreglado. Espero que lo disfrutes con salud; lo cuides con amor, y lo compartas con la generosidad que te caracteriza. Recuerda, el arenal solo será tuyo mientras vivas.
 
Regalo Nº 2. Parece que existe una sutil afinidad entre los átomos que se agrupan en forma y olor en esta playa, y el alma que llevas dentro.






EL ARTE DE BIEN MIRAR


De vez en cuando sonreían al sorprender la cara de simpatía en algún desconocido.  Solemne y
Un ensueño de ideas en momentos de emoción.
Va porr vosotras chicas
majestuoso, notaban el pulso de la ciudad en aquella Atlántida emergida, cuyo encanto avivaban olas y mareas, y les incitaba a apreciar el placer de ser mirado y de mirar, que acomete al que se siente diferente. Siempre me ha impresionado el encanto de dejarse llevar, saboreando escenas callejeras.

Tenemos claro, de vez en cuando, que  hay que echarle una pizca de emoción  a la vida, para recordarnos a nosotros mismos, lo maravilloso de pasar por el mundo; lo asequible de saber disfrutar las pequeñas cosas que pueblan la existencia, y, la facilidad con que  estas pequeñas cosas  nos inundan de eternidad.

El objetivo, un concierto  en el Kursaal, que Charles Aznavour  suspendió a última hora.

Así la situación, amanecimos paseando por La Concha. Con una amistad poblada de contrastes, de personalidades diferentes, de necesidades manifiestas, de oportunismo bien hablado y mejor llevado. Amistad de mucho tiempo compartido, de confidencias inconfesables, de vidas que van pasando, de respeto omnipresente. Del mismo color de pelo, de estilismos impecables, de horas al teléfono, y de que al final, aquí estamos rueda que te rueda, ahuyentando la rutina.

Y como no podía ser de otro modo, un ex alumno, en este caso toda una cocinerita niña bonita, Covadonga Echevarría, nos hace la vida más dulce  poniendo la guinda a un par de días llenos de solecito, buena y docta compañía, chacolí, Barrio Viejo y  tradiciones.

Donostia es una ciudad mimada por el viento, y como la belleza es un arte en sí mismo, no necesita explicación alguna. Su paisaje, sus avenidas, sus donostiarras, así como su arquitectura moderna, configuran una urbe con un cierto tufillo francés y aburguesado. Desde siempre, nos encanta. Por todo ello, no es de extrañar, que a pesar de sus pequeñas dimensiones San Sebastián vaya a ser Capital Europea de la Cultura en 2016.

Apoyadas en la barandilla de la Concha, uno de los iconos más universales de la ciudad, que Juan Rafael Alday colocó en 1900, decidimos que todo lo que necesitábamos en aquel lugar era, mirar a la vida.
Después, mientras callejeábamos enarbolando nuestra fantasía al viento, conseguimos que cada momento se disipase en medio de detalles costumbristas. Y con renovado sentimiento de sorpresa, ondeamos la bandera de lo posible, porque de la misma forma que la poesía o la pintura, también la vida tiene sus obras maestras.

Y de una manera curiosa, la personalidad de la mujer que me acompañaba, ha sugerido un enfoque  atípico a mi percepción de la normalidad, y llego a la conclusión de que puede haber tantas variedades de vidas  como  de personas. Entonces, vislumbro la realidad  de una manera que antes me estaba oculta. Un ensueño de ideas en momentos de emoción. Sin saberlo, ella, define  las líneas de una escuela que tiene en si toda la pasión del espíritu romántico, y toda la perfección subjetiva de los griegos.

En nuestra ignorancia hemos separado el alma del cuerpo creando un realismo vulgar y un idealismo vacío. Así que, una comida en la Tagliatella y un tiempo de tiendas, inmersas en el glamour de esta ciudad, hace que la realidad sea menos vulgar; además, alguien con quien dar rienda suelta a la ilusión, hace que el idealismo se llene de tu imagen. Chapeau.

El cielo, de un azul puro, recortaba la torre del María Cristina brillando como la plata cuando regresábamos en la noche, y del edificio situado enfrente se estaba elevando una delgada columna de magia. Era el Teatro Victoria Eugenia, y la magia se retorcía como una voluta en el aire nacarado. De pronto, di media vuelta y acercándome a la ventana, descorrí la cortina para que el brillante amanecer inundara la habitación, expulsando los gozos ideales a sus escondites polvorientos, donde se acurrucaron esperando la próxima ocasión.
La risa, pensaba, no es de ninguna manera una mala consejera en unos días de camaradería. Porque  hubo risa, y hubo camaradería.

Para el mundo que viene, ando rogándole a Dios que nunca te vayas,… de mi cabeza. Y como he oído decir al Profesor, es  la vida más que la muerte, la que no tiene límites.

Como la belleza es un arte en si misma, no necesita explicación alguna.
Foto Hotel María Cristina, Donostia.



EL BACH DEL FERROCARRIL


Mañanas del domingo llenas de escalas y arpegios. Tardes  de paseos a la estación  y de guateques en
Construye; siempre construye y llegarás
tan lejos como puedas imaginar. La
foto de CRISTINA SÁNCHEZ
el Casino. Las escalas formaban sonidos fluidos que recorrían el piano de arriba abajo, como el viento, mientras que los arpegios se saltaban algunas teclas y sonaban como el aguacero en un tejado de metal.
La primera vez que posó los dedos en las teclas de marfil, supo que la música  ensanchaba el corazón, pero no esperaba que pudiera ensancharle también el horizonte.

Caminaron serpenteando por las calles de aquel pueblo longitudinal para llegar, con los primeros calores de la tarde, hasta el apeadero del tren.
Se detuvieron un rato, con el interés de quien mantiene una conversación delicada, y siguieron por la carretera que se estrechaba cuesta abajo en un pequeño túnel, conduciéndolas finalmente, hasta uno de sus lugares preferidos en aquella ciudad. Avanzaban medio tapadas por la sombra del muro, formado por arcos de medio punto pintados de blanco, y mirando los tejados rojos de las casitas que se apilaban en las orillas del camino,  llegaban a la estación del ferrocarril de Sueros, donde soñaban con la vida.
Un maquinista de uniforme y gorra azul recorrió el andén y a una señal, que no llegaron a ver, empezó a tocar el silbato con todas sus fuerzas para que la gente fuera consciente de que el tiempo se acababa. A las cuatro de la tarde de aquel día en el que el sol salía tibio entre las nubes, después de una noche lluviosa,  y  mientras unos niños  metían los pies en el charco, que había justo en la explanada delante del viejo edificio, ellas, se empapaban del ambiente inquieto y expectante.

Allí sentadas discurría el tiempo sin sentirlo; la gente iba y venía; todo parecía normal, nada alteraba la dinámica de la existencia. Concurrían en aquel espacio finito, diferentes  formas de enfocar  la vida, de vestir, de querer y, por supuesto, distintas y ceremoniosas maneras de besar. Milagrosamente, todas pasaban delante de sus narices, como si realmente  estuvieran ante el más variopinto escaparate de especímenes del  mundo.
Cuando cansaban de ser observadoras, se dirigían hacía un vagón abandonado en vía secundaria que ponía nombres, grabados con el canto de una piedra en el metal, e intentaban hacer diana. Con un puñado de piedras en cada mano y ese afán competitivo que caracterizaba a aquella generación, peleaban en juego limpio y no muy propio de chicas; reían por cualquier tontería hasta doblarse por la mitad; se prometían amistad imperecedera e imaginaban el futuro. Cualquier día el abuelo Usátegui nos riñe. No creo, decía su contertulia, soy su nieta preferida y tu mi mejor amiga, además el vagón está estropeado. Nadie nos ve.


Tenían muchas ganas de subirse a un tren. Cualquiera que se alejase de allí y les evitara estudiar el examen del día siguiente. Las noches de los domingos, después de la cena, siempre eran divertidas. Dormían juntas, charlaban hasta bien entrada la madrugada  y en esta ocasión, Gloria, asomada a la ventana de aquella casa, en la antigua calle Jose Antonio se echaba un cigarrito y le hablaba de  su amor americano. Mientras, ella, sentada en la cama y abrazada a un cojín, que olía a Estivalia, le decía, entre risas, cuan aburrida era, tanto tiempo enamorada del mismo chico.
No sé si la grosería se te quitará al crecer o no tendrás solución, se enfurruñaba la amiga.

Notaba la entrada de la estación a su espalda y sabía que podía escabullirse sin que ningún conocido la viera ni le hiciese preguntas, pero le gustaba formar parte de aquella multitud y aunque fuera una extraña se sentía parte de aquel gentío. Había risas, voces por todas partes y niños correteando en el andén. No entendía que tenía la estación para que la gente riera y llorara al mismo tiempo. Puede que la risa siempre esté detrás del llanto pero solo asome cuando tenemos ilusión o aguardo, razonaba convencida.
Cerca de los trenes notaba la vida bullir en las venas, la agitación por el destino incierto  y la absoluta certeza de que el mundo era irremediablemente maravilloso. Las emociones fluían allí solo con respirar, y parecía este un motivo más que suficiente para  cautivarla.

Sucedían muchas cosas en el devenir cotidiano que siempre le había costado entender, como que el futuro no pudiera arreglarse y siempre estuviese, como el mar, más allá del horizonte. O que la gente fuera, asquerosamente, egoísta por naturaleza y en vez de intentar arreglarlo echase  la culpa a sus padres y a la educación. A medida que fue creciendo aprendió que estas cosas se explicaban, algunas veces con los distintos matices de las palabras, otras con las diferentes tonalidades de  las notas musicales, pero nunca, nunca, llegaban a sonar  bien.

Mirando a todas aquellas personas que pasaban a su lado  en la estación se preguntaba, con una curiosidad loca, que clase de vida llevarían, a quien amarían y  por quien llorarían. Algunos de estos personajes la fascinaban. Otros sencillamente la asustaban pero flotaba en el aire el efluvio de una pócima exquisita que la hacía sentirse ávida de sensaciones, y entonces no podía menos que decir, que aquel Mieres suyo, de cielo gris y espíritu amable, con sus pecadores sórdidos y sus pecados espléndidos, como apuntaba el Lord Henry de Oscar Wilde, debía de tener algo grandioso preparado para ellas.

A veces me duele y sigo tus huellas, pero me digo a mi misma que estoy cambiando. Me digo, que puedo ahuyentar el desasosiego de tu indiferencia si me concentro en lo que hago, o en separar los ruidos de fondo de la vida. Y de pronto me llevo una sorpresa; nunca había pensado que pudiera haber música en la estación del ferrocarril, pero la hay, sí  que la hay para quien sabe escuchar. Gritos, cantos, lloros, silbidos, golpes de metal, extrañas pulsiones. Todo encuentra un lugar sin proponérselo y se combina para formar una sinfonía vibrante y en continuo movimiento.
He concluido en llamarlo el Bach de la estación del ferrocarril y noto allí, sobremanera, la esencia  del número cinco de su concierto de Brandemburgo.

Adoro la estación y te adoro a ti. Con tu música y tus sonidos.

Para quien le interese, Gloria Usátegui fue una de mis mejores amigas durante la adolescencia. Hace muchos años me ignoró sin más, y me regaló un abandono. Se fue con su americano a Simi Valley. Posteriormente volvió a abandonarme, esta vez de forma epistémica, y me siguió ignorando. Aun así continúa  formando parte de unos recuerdos, a caballo entre Mieres y el resto del mundo. 
¿Qué clase de bicho seré que algunas personas me olvidan con suma facilidad, y otras no me quieren ni conocer?
 
A veces me duele, y busco tus huellas.