DICKENS Y MI DESAMOR

 

Tres días por semana, quedábamos. Siempre a la misma hora; siempre en el mismo lugar. Hacía calorcito en aquel rincón y mientras te adoraba, yo, me perdía en observar  las motas de polvo que bailaban alrededor de los oblicuos rayos de sol. Pero allí estábamos; tú para ser querido, yo queriéndote. 

Vivimos un romance irrepetible.
Vivimos un romance irrepetible.

Llegaba ilusionada y emocionada de volverte a leer, porque el día, después de ti, era aire vacío. Durante cada uno de aquellos momentos sentí tu calor, tu arte; adoraba tu forma de hacer; de estar y de existir. Idolatraba tu manera de defender a los pobres, tu  capacidad de vivir con soltura entre reyes y reinas. Yo te quería y  me gustaba tu tacto recubierto por la pátina del tiempo y entonaba tus palabras escritas, cual juglar enaltecido. Y de vuelta a la realidad, allí seguías; eras parte de mí. Aquellos días, sí.

Vivimos un romance irrepetible. Me susurraste cosas grandiosas.

No puedo negar que algo había oído. Aún así, me permitía mencionarte: -Y yo, como él, creo que el amor es más poderoso que la muerte-Continuaba con mi diatriba- Y, también como él, creo que los humanos tenemos un único camino para la redención, el amor, el amor, el amor. El amor que yo sentía por ti.

Y he aquí  el motivo de mi renuencia: Ayer, y por esas inclemencias con que nos vapulea la realidad, me enteré de que tú,  mi amado Charles, el escritor más sobresaliente de la era victoriana, cuando decidió separarse de su mujer, Catherina, con la que había compartido veinte años y diez hijos, la intentó encerrar en un manicomio para disfrutar en libertad, de su romance con Ellen Ternan. Él sabía que condenaba a su esposa al ostracismo y la incitaba a la locura en términos reales, aunque ella no estuviera loca, y de esta forma cruel y abyecta, mi poeta de la ciudad moderna, se ha convertido en un hombrecillo cualquiera; un puro maltratador; un hombre con defectos tan vulgares que pierde casi todo el lustre que yo le había otorgado. 

Todo esto me lo ha dicho John  Bowen, profesor de Literatura del siglo XIX en la Universidad de York, porque encontró unas cartas que Edward Dutton Cook  mandó  a su amigo, el periodista, Willian Moy Thomas. Y el mencionado, Cook, fue vecino de Catherine las dos últimas décadas de su vida en Camden, al norte de Londres. Un entrañable cuento de Navidad. ¿O no?

Pero como soy de amores imperecederos, volví a buscarte en un día claro. Allí seguía la silla, abandonada en un rincón, mientras los personajes de tus historias flotaban en el aire riéndose de mí a carcajadas. Volví a buscarte pero no, tú ya no estabas. Habías descendido a los  infiernos arrastrado por la parte más oscura de tu mente.

Entreverada en el discurrir de la vida cotidiana ha vuelto a mi admiración por ti que tienes esa capacidad, que por cierto me enamora, de jugar con las palabras y con las situaciones; que reconviertes la realidad en algo maravilloso y que aseveras  que “Hay una sabiduría de la cabeza y una sabiduría del corazón.”

Te adoro, querido Charles
                                        

                                            ANA GARCÍA  DE  LOZA

LITO, EL DEL CARBONERU (MIERES)

 Fueron días difíciles, pero en aquella época comenzaron a creer los unos en los otros, y supieron, que si peleaban juntos, la lucha por la vida era más llevadera. Por eso desde la llegada del otoño, los habitantes de aquella aldea, decidieron seguir manteniendo la tradición de elaborar, entre todos, la sidra para el gasto. Estaba el pueblo, a la sazón, rodeado de pomaradas; y en este momento de la historia, ya habían sumido las manzanas, las habían recogido en calderos y las habían dejado reposar el tiempo suficiente para que la sidra tuviera ese sabor dulce que les gustaba sobremanera. Y la guerra que vivía el país no mermaba, ni una miga, el encanto del ceremonial sidreru. 

LITO, el del Carboneru; un gran hombre.

Los barrenos sonaban, a cualquier hora, y rompían dentro de la cabeza de Lito confundidos con un rumor de voces lejanas. Las voces llegaban, ahora, de la puerta entreabierta del llagar. Se había encendido un candil entre los matorrales cerca del lavaderu, por eso les entró el miedo y todos caminaron en dirección a la casona gobernada por la cocina de carbón, que a aquellas horas estaba casi apagada. Una vez dentro hablaron en voz baja mientras las mujeres se apresuraron a cerrar las contraventanas y las apuntalaban con tablas de madera, planas y estrechas, que atravesaban en diagonal los dos postigos. Todas las precauciones eran pocas porque corría la voz de que andaba por los alrededores una patrulla que iba de avanzadilla del ejército de los malos y mataba a sangre fría todo lo que encontraba en su camino. Excuso decir si tenían algún chivatazo.

Lito, miraba en lontananza mientras pensaba en lo mucho que había disfrutado elaborando aquella sidra. ¡Bendito octubre! Mayar había sido mágico porque podía ser la última vez. La magaya del, 37, tenía  mejor aspecto que nunca. Un par de veces al día la revolvían y vuelta a prensarla.

Pero el tiempo había pasado así que la sidra había fermentado. Entró marzo, y con él, nuevos murmullos de la avanzadilla. Aunque no llegarían hasta allí porque, El Carboneru, era un pueblu que taba a mediu camín entre los montes y el cielo. 

Alguien entró de fuera y atravesando el largo pasillo de la casa apagó la luz de la cocina.

-¡Que nos van a ver, hosties! ¡ Apagai la luz!

-No podemos tar tranquilos ni un momento; tamos en medio la guerra –dijo, Lito, como en un suspiro mientras se llevaba el dedo índice a los labios pa´ que un guaje callase la boca. Y, entonces, volvió a su mente aquella jornada del mes de octubre pasado, con un viento descarado que soplaba del norte, frío y temperamental. Habían lavado muchos  kilos de verdialona, y otros tantos de ernestina; la habían picado y la habían metido en el llagar. Estaban en guerra pero eso no cambiaba, para nada, el proceso de hacer sidra, ni variaba la certeza de que la mejor sidra se elabora en octubre y en Asturias.

Aquel líquido sagrado que envalentonaba a los flojos; quitaba el miedo a las mujeres y las penas a los más sensibles, siempre, era necesario. En tiempo de paz, imprimía carácter y en tiempo de guerra, enardecía los espíritus y anestesiaba corazones. Por algo, Lito, aseguraba que un hombre nunca es totalmente malo.

El atardecer parecía la hora elegida por los guerrilleros para ejecutar su caza de brujas. -¡Y que nadie se extrañe!-decía el cabo- ¡Esto es la guerra y no una guerra cualquiera, sino la peor de todas; la guerra entre hermanos, entre amigos, entre vecinos! ¡La puta guerra! Aquí, matamos, o morimos.

Así que cuando se olía el peligro y poco antes del tan temido atardecer algunas familias, declaradas insurrectas sólo por el sitio en el que les cogió la contienda, se atrincheraban en el caserío, apagaban todas las luces y  se metían en el sótano.

 -Pero el tiempo es lo que más rápido pasa.-Seguía pensando Lito mientras observaba a los reunidos en la cocina.- Ya estamos en marzo.-Balbuceó. Acababan de hacer el trasiego; habían pasado la fría tarde del día anterior al abrigo del aire y mezclando mostos de diferentes toneles. Y por fin, habían embotellado la sidra. Siempre las mismas botellas; botellas bien lavadas en el cañu la fuente. En estas reflexiones andaba cuando con estruendo y a patadas, abrieron la puerta de la casa. La puerta dio contra la pared y volvió a estrellarse con el hombre que la había forzado.

En sólo un segundo, los allí presentes, se vieron encañonados por cuatro Mauser y, en  aquel mismo segundo, se pararon los corazones. Corazones que cogieron de nuevo el ritmo siendo prisioneros; prisioneros por ideas diferentes a las suyas y por la intolerancia. Sea como fuere no había escapatoria. Parecía imposible pero estaban encañonados y a un paso de morir. Alguno rezaba y otros se acuclillaron en el suelo para enroscar el miedo. Las mujeres se mantuvieron tiesas como palos; como eran ellas. Pero él, Lito, era el representante de aquel grupo así que templó la voz con un carraspeo y dijo:

-Cabo.- El aludido lo miró con furia contenida- No voy  convencete pa´ que no cumplas con la tu obligación, pero sé que tienes honor.

-¿Qué coño quies?- dijo el cabo.

Lo que se vivió a continuación fue uno de esos momentos que viaja de boca en boca y de generación en generación hasta convertirse en leyenda.

Se hizo el silencio.

-Nosotros no somos asesinos-Sintió la necesidad de disculparse el cabo.- Somos militantes convencidos.

- Ya- dijo Lito condescendiente.- ¡Como todos!

- ¡Pide de una puta vez!- Se impacientó el soldado. La tensión apretaba los cuerpos de los implicados.

- ¡Quiero- dijo de forma muy ceremonial, Lito- que nos dejéis probar la sidra de esti añu! ¡De morir, morir contentos!

-¡Mejor: morir borrachos!-apostilló un prisionero pero, inmediatamente, uno de los Mauser le apuntó a la cabeza.

Y, una vez más, aquel asqueroso silencio invadió la estancia. Un silencio cargado de declaraciones de amistad sin pronunciar, de disculpas no pedidas, de amores no confesados y de envidias nunca reconocidas. A Lito, siempre le había parecido que el silencio de los humanos tiene algo patético, algo que no tiene el silencio de la naturaleza. Pero entonces, el cabo, soltó una risotada.- ¡Venga esa sidra! Otro soldado se mantuvo, fusil en ristre, apuntando ora uno ora otro mientras el anfitrión traía unas botellas de sidra y empezaba a escanciar en la misma cocina, sobre un pequeño balde de madera que tenían a mano para las ocasiones.

Primera ronda, …un culín y la gente empezó a relajase; los prisioneros y los que no lo eran. Segunda ronda, otru culín y Lito encontró el hilo finísimo que conducía hasta las pasiones del cabo mientras la sidra caía con efervescencia en el vaso y chiscaba a los que estaban alrededor  aunque a nadie parecía importai. Tercera ronda,…..Cuarta ronda.

De pronto, el cabo, se levantó y todos quedaron envarados. Abrió la puerta de la calle y el frío de la noche entró en la estancia. El aire había parado y había empezado a llover. El cabo, tambaleándose ligeramente, se sintió repentinamente alegre. Empujó la puerta con el hombro y dijo.- Soldaos, tos pa´ fuera-Y los soldados caminando en silencio salieron a la oscuridad. Enfilaron el camín que bajaba hasta Mieres y desaparecieron.

 Lito procuró dominarse pero temblaba y después de dar unos pasos se estremeció de nuevo. Todos fueron detrás de él y se mostró ante sus ojos un pueblo silencioso; un cielo que comenzaba a llenarse de haces rojizos y un futuro lleno de vida. Y es que en el fondo, él, tenía razón y los hombres no son totalmente malos. Al compás de la euforia, nació un remanso de conversaciones nuevas y emocionantes. Lito sudaba, aunque su tono sonaba seco y conciso en mitad de la cocina y entonces dijo:- ¡Tuvimos suerte, chavales, d´esta salimos!- Y el coro plañidero, formado por el resto, entonó un suspiro de alivio.

Durante mucho tiempo se habló de esta historia en la montaña de Mieres porque la guerra allí no era nada, solo un rumor lejano; un fuego que te quema las entrañas y unes botellines de sidra que cambiaron el destino del Carboneru.

Porque la guerra allí no era nada pero, Lito, sí. Lito era su salvación.

                    Ana García de Loza

En un pueblo de MIERES...



 

LA CHICA DEL HOSPICIO (SEGUNDA PARTE)


Así que el artista decidió no dar mayor importancia a las palabras del  recepcionista y  cada mañana manejaba con ligereza aquellos pinceles capaces de transformar sus inquietudes,
Así nacen las leyendas.
de niño extraño, en retratos singulares y exclusivos. Sin embargo no dejaba de pensar en la chica rubia a la que creyó ver, otra vez más, cuando ella  lo observaba desde la galería de la primera planta. Pero también es cierto que a pesar de disfrutar de aquel remozado edificio del actual Hotel de la Reconquista, siempre imaginaba como sería el lugar en sus orígenes cuando era un hospicio. Veía monjas educando a niños, tan pobres como desamparados que convivían dentro de los muros del orfanato y conocían todos sus escondrijos, sus cuartos oscuros y sus galerías. Los chicos sabían lo que era besar el suelo y que los castigasen mirando a la pared. Así que no iba a dar más vueltas a la cabeza.
Y como el tiempo es lo que más rápido corre, la exposición llegó a su fin, momento en el cual se organizaba una reunión social, punto de encuentro de algunos pintores amigos, amén de un puñado de intelectuales de la ciudad de la Regenta. De entre el grupo de gente salió un hombre mayor que se acercó a él y le dijo sin preámbulos –Es usted un artista y necesito su ayuda.
– ¿En qué puedo ayudarlo? –continuó con afabilidad.
– Necesito que pinte a mi hija –Había ansia contenida en su voz y por eso el pintor le pidió una fotografía, pero el anciano no la tenía así que, impactado por su mirada triste, le sugirió que se la describiese; sabía que la tarea resultaría difícil.   
Después de varios bocetos, ante los que la cara del hombre iba de decepción en decepción, el artista le rogó algún detalle más significativo,  y el padre dijo que tenía los ojos de un color azulísimo, casi trasparente. El experto dibujante volvió a quedar sobrecogido y recordó  a la chica del banco de madera. Con cuatro trazos precisos la dibujó y el padre resplandeció de alegría mientras le contaba que habían tenido que dejarla en el hospicio de Oviedo, donde había muerto esperando su visita; y en ese momento todo encajó.
La chica del hospicio no creía en las casualidades y había buscado al pintor para que la uniera con su padre. Otra vez más sus pinceles cumplían una última voluntad y unían dos mundos que interaccionan en más ocasiones de las que pensamos. La chica del hospicio reafirma la idea de Dickens de que el amor es más poderoso que la muerte y creo firmemente que el recuerdo de las personas es la marca que cada uno deja en el seno del infinito.
El amor es más poderoso que la muerte.

                                                                 Ana García de Loza

 


LA CHICA DEL HOSPICIO ( PRIMERA PARTE)


Queridos lectores, voy a contaros una tierna  historia con la que he participado (hace poco) en un libro colectivo titulado Habitación 2019. Espero que sea de vuestro agrado.

Tenía el pelo entrecano y unos ojos tan negros como el carbón que sacaban de las entrañas al pueblo de su madre. Le gustaba sentarse al sol y no necesitaba ser ni hombre ni mujer; sólo necesitaba sus brochas. Con aquellos anteojos, que le colgaban de la punta de la nariz y aquellos pinceles, podía hacer inmortal a cualquier paisano.
"No creo en las casualidades" dijo la chica.
Su fama de buen pintor ya le precedía y cuando se bajaba de aquel tren ómnibus, que iba de León a Gijón, muchos viajeros observaban con curiosidad sus caballetes y cuchicheaban admirados. Corría el año 1973 y acababan de inaugurar el hotel de la Reconquista en Oviedo en el lugar donde antaño se asentaba un hospicio y el pintor vivía en una de aquellas ciento cuarenta y dos habitaciones durante los días que duraba la exposición.
Cual fiel guardián de su obra  paseaba, desde primeras horas de la mañana, alrededor de la regia sala de aquel hotel de Oviedo donde temporalmente se hallaba parte de su vida colgada en la pared. Fue en uno de aquellos paseos, y recién entrado de la calle, cuando notó la presencia de una joven sentada en el banco de madera, de cerezo tallado, que estaba justo a la entrada de su sala de exposición. Pasó al lado de la chica y ella lo miró fijamente. Tenía unos ojos tan azules que casi deslumbraban. Sus ropas no le llamaron la atención pero en conjunto parecía alguien especial y diferente. Le echó una mirada liviana al cruzar el umbral de la puerta y entonces recordó haberla visto otra vez, por eso se quedó envarado y decidió dar la vuelta para conversar. Pero cuando salió, ella, ya no estaba.-Bueno, –pensó –, supongo que será huésped en este hotel, así que la próxima vez que la vea le preguntaré de dónde venía ayer en el ómnibus.
Al día siguiente volvió a ver a la chica sentada en el mismo banco, se acercó a ella y le dijo con tranquilidad que la había visto, días atrás, en el tren.
–Sí, –dijo ella. – Le he visto a usted dos veces. Esta es la tercera.
– ¡Qué casualidad! ¡Viajamos a la vez y estamos aquí hospedados los dos! –Respondió el pintor.
- No creo en las casualidades. –Replicó la chica en el mismo tono impersonal en el que hablaba, mientras lo miraba fijamente. Entonces alguien lo llamó y cuando volvió, la misteriosa muchacha ya no estaba.
A la mañana después de su encuentro, el pintor la echo en falta sentada en el banco de cerezo pero se acordó de que mientras hablaban, el recepcionista los observaba atentamente y sin pensarlo más fue a interesarse por la joven.
–Oiga, ¿podría usted informarme de si sigue aquí hospedada la chica con la que yo hablaba ayer? –Preguntó el pintor.
- No vi ninguna chica. -Respondió el recepcionista valorando si le hablaban en serio.
-Sí, sí. Usted nos miraba fijamente cuando, ella sentada en el banco y yo de pie a su lado, conversábamos. –Insistió el pintor, a la vez que pensaba si aquel recepcionista sería normal.
–Perdón, señor –continuó el trabajador del hotel–Yo le miraba fijamente porque lo veía a usted hablar solo, mirando al banco de cerezo.
CONTINUARÁ EL MES QUE VIENE...
Yo lo miraba fijamente porque lo veía a usted hablar solo.


ANA GARCÍA DE LOZA
                                                                                                


ELLOS TAMBIÉN LLORAN


"Si he perdido la ilusión, el tiempo, todo
lo que tiré como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra" (Blas de Otero)
J´ai entendu dire que le temps met chacun à sa place.
Dommage car je ne te vois plus.23/05/2020

Perseverar en un desconsuelo obstinado es una conducta de impía terquedad; es un proceder indigno de persona inteligente; muestra  un corazón demasiado sensible y un alma sin resignación. Pues si sabemos que eso que añoramos no ha de suceder, ¿por qué con terca oposición hemos de tomarlo tan a pecho?

No os creáis, queridos lectores, que hablo del típico culebrón del que muchos huimos. No; ni mucho menos. Estoy pensando en personas del género masculino que son de carne y hueso, te los cruzas por la calle, tienen un trabajo importante, son seres inteligentes, mentes resolutivas y…también lloran.
Y no lloran por dinero, no sufren por avatares de enjundia intelectual, no son astronautas devanándose los sesos por si hay vida en otros planetas; son hombres y lloran por amor, escriben por amor, pintan por amor, fuman por amor, beben por amor y en definitiva, penan por aquello que no pueden poseer. Porque aquella historia que no tiene demasiado lógica, y a la que le sobra imaginación, es la historia que no les deja vivir.

Y entonces, nuestro hombre íntegro que se ha vuelto a enamorar, fuera de tiempo, cree que todo sería mejor sin tanto corazón y, además, su vida sería casi perfecta sin aquella obsesión.

Insisto, aunque parezca un brutal fresco de entreguerras pintado en otoño y que adorna el salón de un envilecido burgués caduco, no es anormal tener una ilusión. Conozco a pocas personas que no tengan su ilusión; una ilusión que les impide ser totalmente felices con lo que tienen; una ilusión que carcome la rutina hasta hacerles pensar que todo podría ser diferente.

No te equivoques, hombre de bien, todo llegaría a ser lo mismo.

No te dejes engañar, no permitas que la imaginación te fustigue. Lo que pudo haber sido y no fue, no merece la pena. No te sientas diferente; no eres raro. Y sí, tienes suerte.  Solo debes de saber que cada uno tiene su propia obsesión.

Él era un hombre apuesto. Tenía la frente grande y cubierta con un montón de pelo negro, otrora ensortijado; la nariz también grande y aguileña. Frente a él, su mujer, menuda, bonita y con la mirada alegre. Los niños, como ella, sonrientes, siempre sonrientes. A su derecha los invitados que le entretenían pero en cuanto tenía un momento de sosiego volvía a su mente, de forma insistente, aquella obsesión; siempre la misma.

En la mesa él veía  un ramillete de violetas frescas, una jarra de cristal con el borde de plata y una salsera con una tapa que se abría con un leve chasquido para dejar pasar la salsa; había un plato con el borde también plateado, una botella de vino y una fuente con un trozo de ternera. Y entre bocado y bocado, su obsesión. Aquel sentimiento que hacía que pareciesen nimiedades  todas las bendiciones que la vida le había dado. Pero, no; despierta; olvídate de esa mujer, ya que no es la tuya. Nunca será la tuya.

Aprecia lo que tienes y coloca tu ilusión donde buenamente puedas porque vivimos en un punto del universo, en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol. Sentimos  emociones  fervientes que nos permiten abrirnos al mundo y vibrar con la vida. Así que sé generoso contigo mismo y olvídate de ella; no dejes que te sumerja en su envolvente oscuridad, y recuerda, lo que convierte una ligera obsesión en un amor eterno es la manera en que se entreteje con el tiempo.

En definitiva, queridos lectores, sabemos que ellos también sufren tribulaciones, también sufren por amor y, sobre todo sabemos, que ellos también lloran.
 
Ellos también lloran.
                                         ANA GARCÍA DE LOZA.


TRAMPANTOJO


Veo a través de la ventana más alta de la casa, el  monte Naranco; siempre la misma ventana y siempre el mismo lugar, aunque si cambio de ventana, veo el jardín, al fondo del cual, se vislumbra, en las tardes despejadas, un árbol solitario; aquí todos los árboles  son distintos conforme la luz va cambiando y es, en esa hora bruja, cuando yo recupero un poco el sentido de la realidad y olvido la distancia social.
Trampatojo. ¿O no?
Frente a otra ventana  distingo el horizonte – algunas veces abrazándose a las nubes-. Todo lo que está más allá de esa línea en el infinito lo tengo que imaginar, como hago con vosotros.

En esta situación de momentos difíciles, incertidumbres y muchas soledades, he encontrado una vieja poesía cuyos últimos versos os trascribo para que podáis poneros en la situación de nostalgia que me corroía cuando la escribí:

“No te  enardezcas, querido mío, porque
  Eres trampantojo de una obsesión.
  Y ya estoy harta de imaginar,
  Estoy hasta el alma de esta quimera;
  Porque a la postre y aún a tu vera,
  Siempre los sueños, sueños serán”

“Y si el cordero se come la flor será como si bruscamente todas las estrellas se apagaran. Y esto, ¿no es importante?”- decía un personaje al que adoro, y yo digo lo mismo. “Y si la realidad se come la ilusión será como si el bicho nos comiera el corazón”

No puedo añadir nada porque, también, esta situación me genera ganas de no pensar. La noche ha caído. Yo dejo mi mente en blanco mientras toqueteo con el lápiz  la mesa de madera y no me importa ni el ruido, ni la música que suena, ni la sed, ni la hora. En un planeta, el mío, la tierra, hay gente que necesita alivio. Yo quiero arrullarlos con mi voz y dibujarles con palabras una armadura para su corazón…Di algo más Ana…no sé bien que decir. A veces me siento torpe. Otras veces no sé cómo llegar  a vosotros, ni  cómo encontraros, solo sé escribir palabras y más palabras
¡Es tan sorprendente el país de las palabras!
                                                                                 
 
¡Es tan sorprendente el país de las palabras!

                                                                              Ana García de Loza

DE BALCÓN A BALCÓN


Estamos acostumbrados a oír que lo único seguro en el universo es el cambio y, mientras tanto, la vida sigue discurriendo con sus mil historias y sus filigranas para mantenernos ocupados y colocarnos en nuestro sitio, normalmente aquel sitio por el que peleamos.
Nuestro mundo se ha parado.

Pero resulta que, en un momento, nos hemos convertido en testigos presenciales de cómo este mundo nuestro, de desayunos rápidos, relaciones virtuales y amores condicionales, se ha parado.
De repente despertamos un día y nos damos cuenta de que somos frágiles y no sabemos si esta guerra en la que luchamos ha sido algo intencionado o negligencia de algunos; pero aquí estamos, consternados porque nos han quitado los besos y los abrazos y además, acongojados, porque tenemos miedo; miedo a no tener comida, miedo a que nos falte el aire, miedo a la enfermedad y, en definitiva, miedo a la muerte.  
Aislados, y en retiro forzado, nos tropezamos con nuestra locura y con nuestros demonios y necesitamos encontrar la manera de tolerarlos para descubrir, en algún momento de esta cuarentena, que el silencio de la soledad es curativo para el alma. Y para el aire de nuestros horizontes y para las aguas de nuestros amados canales.

He oído que el averno del miedo a la enfermedad es el mismo que la obsesión por la salud y, pensamos tanto en  nosotros que, olvidamos al prójimo y siempre encontramos una excusa para salir a la calle; pero saltarse las normas, aparte de ser un acto de bellacos e irresponsables, no soluciona nada.
Si a esto añadimos que pasamos la mayor parte del tiempo conversando con nuestros amigos de litio para notar, ahora, que estamos solos, entonces, nuestro susto aumenta.

Pero desde que el mundo se ha parado, el susto se olvida cuando nos relacionamos de balcón a balcón; y miramos a nuestros vecinos con otros ojos y aplaudimos juntos y nos acompañamos unos a otros. Además nuestra vida social, otrora tan diversa, ha pasado a ser solo de balcón a balcón. Y aunque descubrimos  gente que a todo le encuentra el lado negativo, mi parte de animal social se emociona al observar el eco de esos aplausos lamiendo las luces de las farolas y creo que el mundo seguirá siendo mundo cuando, entre todos, consigamos vencer al bicho.

Aun así, mientras estemos aquí, lo más inteligente es ser generosos y pensar en los demás: No salgamos de casa porque como dice mi amigo y gran escritor, Ramón Loureiro, los momentos más duros les dicen a los demás quienes somos cada uno de nosotros.
El mundo seguirá siendo mundo cuando entre todos
consigamos vencer al bicho. La foto de Josefina Velasco.